Por varias décadas, la humanidad ha perseguido el sueño de frenar el paso del tiempo y ralentizar el envejecimiento. Con este objetivo, diversos laboratorios alrededor del mundo ejecutan investigaciones enfocadas en terapias génicas, el desarrollo de fármacos senolíticos y el estudio de mecanismos a nivel celular que sean capaces de retrasar el deterioro del organismo.
En esta incansable búsqueda, la comunidad científica ha volcado su atención hacia el reino animal, analizando especies que poseen una extraordinaria longevidad. Entre los ejemplos más destacados se encuentran la rata topo desnuda, ciertas tortugas que superan el siglo, tipos específicos de medusas y, de manera sorprendente, las langostas.
“Las langostas son inmortales”
, sostiene el biólogo Mario Alonso (conocido como @mariodewonder en redes sociales). Es fundamental aclarar que esta afirmación no sugiere que el animal sea invulnerable de forma literal, sino que se categorizan como seres biológicamente inmortales.
Superando la longevidad de la medusa inmortal
Según los registros compartidos por Alonso, “Se han encontrado langostas salvajes de más de 140 años”. Aunque determinar la edad cronológica exacta en estos crustáceos representa un reto técnico, diversas investigaciones científicas validan que estos animales pueden vivir más de cien años, un hito asombroso para el grupo de los invertebrados.

Incluso, el experto menciona que estas criaturas “viven muchísimo más que la famosa medusa inmortal”. Se refiere a la especie Turritopsis dohrnii, la cual posee la facultad de reiniciar su ciclo biológico hacia una etapa de juventud. Según describe el Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC):
“Cuando alcanza la etapa adulta y ha completado su ciclo reproductivo, es capaz de revertir su desarrollo, convirtiéndose nuevamente en pólipo —la fase previa en el desarrollo ontogénico— mediante un proceso de rejuvenecimiento celular”.
No obstante, el sistema que utilizan las langostas opera bajo una lógica distinta. El biólogo puntualiza que “Nunca envejecen y crecen indefinidamente gracias a un secreto que tienen”, haciendo alusión directa a la telomerasa.
La clave celular: Los telómeros y la telomerasa
La telomerasa es una enzima esencial que se encarga de realizar el mantenimiento de los telómeros, que no son otra cosa que las terminaciones de los cromosomas. Alonso utiliza una analogía sencilla para explicarlo: “El telómero es el borde de nuestros cromosomas y, como en una mesa, lo que más se desgasta con el tiempo son los bordes”.

Estas estructuras actúan como una “especie de protección” para el material genético, funcionando de forma similar a una funda que resguarda las secciones del cromosoma donde se localizan los genes vitales. Con el transcurso del tiempo, en la mayoría de los seres vivos (incluyendo a los seres humanos), estos extremos se reducen cada vez que ocurre una división celular. Esto genera que “las partes más importantes del cromosoma empiezan a tener daños”, lo cual marca el punto “cuando envejecemos y cuando empezamos a tener problemas” de salud o enfermedades crónicas.
En nuestra especie, la actividad de la telomerasa queda relegada mayoritariamente a las fases embrionarias, a ciertas células madre y, lamentablemente, a células de carácter canceroso. En contraste, las langostas conservan esta enzima activa en gran parte de sus tejidos durante su adultez. “Las langostas, sin embargo, como tienen la telomerasa, esta va reconstruyendo esos telómeros y por eso nunca envejecen, porque nunca pierden los telómeros”, destaca el especialista.
Inmortalidad no significa vida eterna
Desde la perspectiva de la biología, estos crustáceos son un modelo de “senescencia insignificante”. Este término se aplica a organismos que no muestran un deterioro fisiológico evidente con la edad, manteniendo su capacidad reproductiva y sin experimentar un aumento en el riesgo de fallecimiento por causas internas, a diferencia de lo que ocurre en los humanos.
Bajo este concepto, Alonso recalca que “la única manera que tiene una langosta de morir es que las depreden, que las cocinemos nosotros, por supuesto, que somos un depredador, que tengan un accidente o que tengan una enfermedad”. Esto confirma que su reloj biológico interno no les impone un límite de vida predeterminado.
Sin embargo, la realidad de la naturaleza impone otros desafíos como infecciones o fallos orgánicos externos. Un factor crítico es la muda del caparazón. Debido a que su crecimiento nunca se detiene, las langostas deben deshacerse periódicamente de su exoesqueleto para generar uno más grande. Este proceso biológico demanda una enorme cantidad de energía y su riesgo aumenta proporcionalmente al tamaño y la edad del animal.
Para sobrevivir a la muda, la langosta debe quebrar su vieja armadura y retirar su cuerpo íntegramente antes de que el nuevo tejido comience a endurecerse. Si el ejemplar es demasiado grande y no cuenta con la energía necesaria, puede quedar atrapada en su propio caparazón. Este agotamiento extremo suele ser letal o dejar al animal en una vulnerabilidad tal que fallece poco después del intento.
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