El veterano de las fuerzas armadas colombianas, Yeison Sánchez, ofreció un estremecedor testimonio tras permanecer un año en el territorio ucraniano como parte de la Legión Extranjera. La expectativa principal de Sánchez al enlistarse en medio de la invasión rusa era económica: se le prometió un sueldo de 19 millones de pesos mensuales.
No obstante, la realidad que enfrentó fue drásticamente distinta a lo pactado.
“Es un total engaño”, afirmó.
Según sus declaraciones, los soldados extranjeros pronto descubren que los pagos elevados son una ilusión, percibiendo únicamente un salario básico. Las sumas importantes, de acuerdo con su relato, solo se concretan en situaciones de fallecimiento o heridas graves en combate.
El proceso de llegada al frente también está viciado por intermediarios que suelen confiscar los pasaportes de los reclutas. Sánchez detalló que estas agencias ejercen presión sobre los recién llegados, exigiéndoles el pago de supuestas deudas por conceptos de pasajes y estadía. Aquellos que gestionan su viaje de forma independiente logran conservar mayor autonomía frente a estas estructuras de reclutamiento.
La precariedad táctica y el peligro extremo

La permanencia de Sánchez en el conflicto estuvo marcada por una profunda improvisación. El combatiente explicó que el entrenamiento brindado a los extranjeros es sumamente acelerado e insuficiente para encarar la complejidad de la guerra moderna, caracterizada por el uso masivo de drones kamikaze y artillería de alto alcance.
“Nos entrenan supuestamente para hacer asaltos, mejor dicho, para mandarnos a matar”, declaró Sánchez
durante una entrevista con el periodista Rafael Poveda. Uno de los momentos más trágicos de su servicio fue un operativo donde 27 colombianos perdieron la vida en un solo enfrentamiento. La inteligencia suministrada indicaba que debían asaltar una vivienda con apenas seis soldados rusos, pero al llegar se encontraron con un batallón de cerca de 200 efectivos enemigos.
“Fue una carnicería total para muchos compatriotas”, relató.
La falta de planificación y los datos falsos resultaron en una masacre para el grupo de latinoamericanos. Sánchez también describió la crudeza de los entornos urbanos devastados, donde el suministro de agua y alimentos depende de envíos mediante drones y la cotidianidad transcurre entre los restos de hogares civiles abandonados.

Infiltraciones y traiciones en el frente de batalla
El testimonio del exmilitar puso al descubierto graves fallas de seguridad y actos de traición interna. Sánchez denunció que ciertos líderes de unidad manipulaban la información y vendían datos estratégicos a las fuerzas rusas para beneficio personal. Mencionó específicamente a un individuo de origen argentino-ucraniano que servía de traductor:
“El argentino-ucraniano que hablaba los dos idiomas nos vendía. Le decía a los rusos cuántos colombianos iba a mandar para que ellos hicieran un positivo”, explicó.
Además, señaló que los sistemas de radio eran interceptados por el bando ruso, que cuenta con el apoyo de colombianos infiltrados para traducir las comunicaciones en tiempo real. Esta situación convertía cada movimiento en una trampa potencial para los mercenarios de diversas nacionalidades, entre los que se encontraban brasileños, argentinos, estadounidenses y taiwaneses.

El desgaste mental en las trincheras
Tras sobrevivir a la emboscada donde murieron sus compatriotas, Sánchez se trasladó a las trincheras buscando mayores probabilidades de vida. Sin embargo, este entorno supuso un desgaste físico y psicológico extremo, con turnos que podían durar hasta tres meses bajo condiciones inhumanas, como disponer de un solo tarro de agua para ocho personas.
La diferencia de criterios con los soldados locales también generaba fricciones. Mientras los colombianos intentaban evacuar a sus heridos o recuperar los cuerpos de los caídos, los ucranianos priorizaban el cumplimiento de la misión.
“Tienes que dejar tu compañero ahí”, admitió Sánchez.
El impacto emocional de estas vivencias es devastador:
“Sales vuelto nada, psicológicamente sales hecho un loco”.
El regreso y una advertencia final
Tras un año de servicio y habiendo percibido apenas un total aproximado de 10 millones de pesos —una cifra ínfima comparada con la promesa inicial—, Sánchez decidió volver a Colombia. Su retorno fue celebrado por su familia, quienes lo recibieron en el aeropuerto tras haber sobrevivido a la guerra.

Desde su experiencia, el exmilitar envió un mensaje contundente a quienes consideran enlistarse:
“No les recomiendo venir acá, señores. Mucha gente piensa que esto es un juego y esto no es un juego”.
Pese a estos testimonios, el flujo de voluntarios no se detiene. Según Sánchez, desde Bogotá parten aviones con destino a la zona del conflicto aproximadamente cada seis días. Su relato evidencia el drama de las familias colombianas que enfrentan el duelo por una guerra ajena, impulsada por promesas económicas incumplidas y reclutadores sin escrúpulos.
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