Mucho antes de que los protocolos científicos actuales rigieran las excavaciones, la transformación de la arqueología en una disciplina sistemática tuvo un protagonista fundamental: Sir William Flinders Petrie. Considerado unánimemente como el precursor de la egiptología moderna, su visión rompió con la tradición de la caza de tesoros para dar paso al estudio analítico del pasado.
Petrie defendía con fervor una premisa que cambiaría la forma de trabajar en el campo:
“el valor de un objeto no reside en su materia, sino en la información que contiene”
. Su enfoque no buscaba simplemente el brillo del oro, sino la reconstrucción fidedigna de la historia humana.
Nacido en la ciudad de Londres en 1853, fue instruido en su hogar por su padre, un ingeniero civil que le inculcó una pasión por la observación minuciosa y la medición precisa de estructuras prehistóricas.

Desde su juventud, el futuro arqueólogo perfeccionó sus habilidades en agrimensura y desarrolló un profundo interés por la numismática antigua. Sus frecuentes visitas al Museo Británico durante su etapa formativa forjaron el temperamento metódico y disciplinado que lo acompañaría en cada una de sus expediciones posteriores.
La instauración del método científico en Egipto
Al pisar suelo egipcio en el año 1880, Petrie comenzó a implementar técnicas inéditas marcadas por una rigurosidad desconocida hasta entonces. Su primer gran reto fue la medición de la Gran Pirámide de Giza; para lograr la mayor exactitud posible y evitar las inclemencias del sol, realizaba sus levantamientos topográficos durante la noche o en las primeras luces del alba.

Para este investigador, el análisis detallado era infinitamente más valioso que el hallazgo fortuito de piezas espectaculares. Basado en su máxima de que “el valor de un objeto no reside en su materia, sino en la información que contiene”, decidió centrar gran parte de su atención en restos de cerámica y vestigios de la cotidianidad, elementos que los excavadores previos solían desechar por considerarlos carentes de valor comercial.
Hitos arqueológicos y la construcción de cronologías
Entre los años 1884 y 1895, el arqueólogo lideró excavaciones que resultaron ser fundamentales para el conocimiento del mundo antiguo. En la localidad de Tanis, bajo el patrocinio del Egypt Exploration Fund (EEF), descubrió las piezas de una gigantesca estatua de Ramsés II. Posteriormente, logró identificar el enclave griego de Náucratis y, mediante el estudio de sus cerámicas, estableció vínculos cronológicos entre las culturas de Egipto y Grecia.

A partir de 1887, en la región de El Fayum, realizó el hallazgo de los célebres retratos de la época romana, los cuales consistían en pinturas realistas sobre madera que sustituían a las máscaras tradicionales en los rituales funerarios.
Asimismo, en Kahun, Petrie documentó la primera ciudad de trabajadores del Reino Medio. En este sitio, recuperó desde juguetes antiguos hasta restos biológicos de ratas, lo que permitió comprender las condiciones de salubridad y la vida doméstica de los obreros egipcios.
Durante su trabajo en Nagada, clasificó sistemáticamente la cerámica producida entre el 4.000 a.C. y el 3.100 a.C., logrando así establecer los cimientos de la datación relativa. Este aporte demostró que hasta el fragmento más pequeño de alfarería era capaz de reconstruir la línea del tiempo del Antiguo Egipto.
El maestro y la formación de Howard Carter

El impacto de su obra se extendió también a la capacitación de futuros expertos. En el sitio de Amarna, Petrie trabajó junto a un joven de 17 años llamado Howard Carter, quien se había unido al equipo como dibujante.
Pese a su talento artístico, el veterano investigador guardaba ciertas dudas sobre el futuro de su aprendiz, llegando a comentar sobre él:
“este muchacho es un artista excelente, pero me temo que no tiene la cabeza para la arqueología real”
.
La formación bajo el mando de Petrie no era sencilla; sus discípulos debían cumplir con una disciplina férrea, una paga de apenas cinco chelines semanales y una alimentación austera. Sin embargo, Carter asimiló el rigor y la paciencia necesarios para el registro de datos, herramientas que le permitirían, décadas más tarde, documentar con precisión milimétrica la tumba de Tutankamón.

Hilda Urlin: Colaboración y éxito en el campo
En el año 1896, la vida profesional de Petrie dio un giro con la llegada de Hilda Urlin, una joven con gran habilidad para el dibujo y pasión por la historia egipcia. Tras contraer matrimonio, Hilda se transformó en su colaboradora más estrecha, acompañándolo en casi todas las campañas arqueológicas durante cuatro décadas.
Ella destacó por su resistencia ante las duras condiciones del desierto y por su destreza técnica al realizar calcos en las oscuras cámaras de las tumbas. Además de su labor artística, gestionaba la logística de los pagos, supervisaba al personal y administraba los fondos de las expediciones.

El propio arqueólogo no escatimaba en elogios para su esposa, afirmando que ella poseía
“mejores ojos y manos más firmes”
que cualquiera de sus ayudantes masculinos, un factor decisivo para el éxito sostenido de sus misiones.
El testamento histórico de un gigante de la egiptología
Uno de los hallazgos más trascendentales de su carrera ocurrió en 1896 en el templo de Merneptah: la Estela de la Victoria. Este monumento es célebre por contener la primera referencia egipcia conocida al pueblo de Israel.
Consciente de su magnitud, Petrie declaró:
“Esta estela será lo más recordado de todo lo que encontré”
.

En sus años finales, coordinó excavaciones en Abydos, el Sinaí y Hawara. En 1913, en el sitio de Tarkhan, halló un vestido que data aproximadamente del 3.000 a.C., el cual es reconocido actualmente como la prenda de tela más antigua del mundo.
Sir William Flinders Petrie falleció en Jerusalén en el año 1942, ostentando el título de primer catedrático de egiptología en el Reino Unido. En un último gesto de compromiso con el conocimiento, donó su cerebro para estudios científicos, mientras su esposa Hilda se encargó de preservar y difundir su inmenso legado intelectual.
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