Boris Cyrulnik, nacido en Burdeos, Francia, en 1937, es un distinguido médico neuropsiquiatra reconocido a nivel global por su papel fundamental en el desarrollo y la difusión del concepto de “resiliencia”. Actualmente, se desempeña como director del diploma universitario de etología humana en la Universidad de Toulon. Su historia personal está marcada por sus raíces en una familia judía asquenazí que emigró a territorio francés durante los años 30. En el contexto de la Ocupación nazi, específicamente en 1942, sus progenitores decidieron protegerlo enviándolo a un internado. Lamentablemente, sus padres fueron capturados en 1942 y 1943, falleciendo tras ser deportados, lo que llevó a que su tía materna lo acogiera en la ciudad de París.
Fue en la capital francesa donde realizó sus estudios de medicina, especializándose posteriormente en psicoanálisis y neuropsiquiatría. Su prolífica carrera literaria incluye títulos fundamentales como Los patitos feos (2002), El amor que nos cura (2005), Bajo el signo del vínculo (2005), Me acuerdo (2010), ¿Por qué la resiliencia? (2016), Resiliencia y adaptación (2018) y su obra más reciente, Las dos caras de la resiliencia: contra la recuperación de un concepto (2025).
El fenómeno del «sobresalto»
Cyrulnik reflexiona sobre las transformaciones profundas que acontecen al alcanzar la sexta década de vida, un fenómeno que él denomina como “le sursaut” (el sobresalto). Según el experto, este cambio ocurre de manera silenciosa, sin estruendos ni colapsos inmediatos, pero alterando la percepción interna del individuo. A medida que el ritmo físico disminuye y el entorno parece acelerarse, las estructuras que brindaban seguridad durante años empiezan a mostrar grietas.
“Lo que te mantiene vivo no se mide en años, ni en rendimiento, ni siquiera en una salud perfecta. Es algo más, algo más discreto pero infinitamente más poderoso a esta edad.”
El autor señala que la supervivencia en esta etapa no depende de la ausencia de traumas, sino de la capacidad para integrar esas vivencias.
“Lo que te mantiene vivo no es la ausencia de heridas, sino cómo has aprendido a vivir con ellas.”
Al llegar a este punto, la conexión con los demás —ya sea una voz, una mirada o un propósito cotidiano— se vuelve el motor principal. Cyrulnik sostiene que
“lo que te mantiene vivo no es lo que controlas, sino lo que nutres en tu interior.”
La pérdida de los roles tradicionales
Este proceso conlleva un despojo de los roles sociales que han definido la identidad del sujeto durante décadas. Al debilitarse las funciones laborales o las responsabilidades familiares intensas, la sociedad suele mirar al adulto mayor con indiferencia o cortesía distante.
“Los puntos de referencia que guiaron tus decisiones durante décadas comienzan a perder su autoridad.”
Ante este espejo, surge la interrogante de quién es uno mismo cuando las obligaciones se disipan. Algunos intentan evadir esta realidad refugiándose en conductas juveniles artificiales, mientras otros se rinden ante la idea de un declive inevitable.

Sin embargo, Cyrulnik propone que este tránsito es una oportunidad para la lucidez. El tiempo deja de ser percibido como un recurso infinito y se transforma en algo precioso y concreto. La calidad empieza a imponerse sobre la cantidad en todas las esferas de la vida. A los 60 años, la capacidad de engaño personal desaparece; el cuerpo y las emociones exigen coherencia.
Del esfuerzo físico al sentido vital
Históricamente, la supervivencia se ha entendido como un acto de resistencia y fuerza. No obstante, al acercarse a la vejez, esa estrategia de “apretar los dientes” deja de ser efectiva.
“La fuerza por sí sola ya no basta.”
El neuropsiquiatra advierte que seguir luchando únicamente con la voluntad puede agotar las reservas vitales restantes. Es en este punto donde la supervivencia cambia de eje:
“ya no es la fuerza lo que sostiene la vida, sino el sentido;”
Este sentido no es una teoría abstracta, sino una motivación íntima para levantarse cada día, como la transmisión de un saber o una curiosidad persistente. La plenitud surge cuando las acciones diarias armonizan con la verdadera identidad del individuo, dejando de lado los guiones impuestos externamente.
“¿Por qué sigue mereciendo la pena vivir hoy?”
es la pregunta que cada persona debe responder desde su propia historia, ya sea a través de la creatividad, la contemplación o sus vínculos afectivos.

Cuando se halla este significado, el temor al envejecimiento se transforma. La finitud se acepta no como una amenaza, sino como un marco que dota de valor a cada instante.
“Quienes aceptan la búsqueda de sentido, aunque sea con torpeza, descubren otra forma de fuerza, una fuerza más flexible, más humana, capaz de abrazar la fragilidad sin experimentarla como una derrota.”
La importancia de los vínculos visibles e invisibles
En esta etapa, la autonomía total se revela como una ilusión. Cyrulnik enfatiza que las relaciones se convierten en una condición esencial para el equilibrio psíquico. Estas se dividen en dos categorías:
- Conexiones visibles: Incluyen a la familia, amigos, vecinos y colegas cercanos. Aunque el círculo pueda reducirse, su relevancia emocional aumenta, pues brindan reconocimiento y continuidad.
- Conexiones invisibles: Son los vínculos simbólicos con la propia historia reconciliada, la cultura, los valores y el sentimiento de pertenencia a la cadena humana.
El experto advierte que el verdadero sufrimiento no nace de la falta de compañía física, sino de la soledad relacional.
“no es tanto la soledad física la que causa sufrimiento, sino la soledad relacional.”
La clave reside en habitar espacios donde se pueda existir plenamente sin necesidad de justificaciones constantes.

Las conexiones también cumplen una labor terapéutica al permitir que el individuo narre su historia y sea escuchado sin juicios. No obstante, las pérdidas no resueltas o los conflictos del pasado pueden generar un vacío interno peligroso. El alma puede desfallecer si carece de estos anclajes relacionales, lo que explica por qué algunas personas decaen rápidamente tras una pérdida afectiva significativa. Estos vínculos pueden extenderse incluso a animales, el arte o la naturaleza.
Optar por el aislamiento como mecanismo de defensa es, según Cyrulnik, un error a esta edad, pues aunque evita riesgos emocionales, conduce a la aridez interior.
“Reconectar con otros implica un riesgo: el de la dependencia emocional, la decepción y la pérdida. Pero la ausencia de conexión es un riesgo aún mayor.”

La integración de las heridas del pasado
A los sesenta años, aquello que permanecía enterrado por el ajetreo de la crianza o el trabajo suele resurgir. La madurez exige reconocer el recorrido personal, transformando las heridas no en trofeos, sino en recursos de sabiduría y empatía. Si estos traumas permanecen negados, pueden manifestarse mediante dolencias físicas o fatiga crónica.
La herramienta para esta transformación es la narración. Al poner palabras a lo vivido, se recupera el dominio sobre la propia biografía, liberando energía psíquica vital. Incluso de forma silenciosa, esta integración se refleja en cómo apoyamos a otros, convirtiendo a algunos adultos en modelos a seguir para las nuevas generaciones de forma involuntaria.

Hacia una madurez reconciliada
Finalmente, Cyrulnik destaca el valor de la lentitud elegida. Bajar las revoluciones permite una presencia auténtica y una conexión profunda con cada gesto. La vejez no se vive contra la muerte, sino en convivencia con ella, lo que genera una claridad que permite amar de forma más libre y menos posesiva.
La reconciliación con las decisiones pasadas y las limitaciones actuales es el paso final para liberar energía hacia lo que todavía es posible.
“Esta forma de vivir no es resignación, sino madurez.”
En lugar de demostrar que están vivos a través de la agitación, quienes alcanzan esta etapa con éxito lo demuestran mediante una presencia vibrante y una capacidad plena de saborear el presente.
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