Entre el cierre de diciembre y la mitad de febrero, la Península Ibérica y el norte de África enfrentaron una sucesión de borrascas sin precedentes que dejó un rastro de destrucción en múltiples localidades. Este fenómeno climático no se limitó únicamente a España, sino que afectó con fuerza a Portugal y Marruecos, provocando que más de 300.000 personas tuvieran que abandonar sus hogares. Las pérdidas económicas se cuentan por miles de millones de euros, impactando severamente en viviendas, infraestructuras públicas y el sector agrícola, especialmente en las zonas con menores recursos.
Una investigación liderada por el World Weather Attribution (WWA) ha determinado que el cambio climático tuvo un rol determinante en este tren de tormentas. Según los expertos, la probabilidad de sufrir inundaciones de gran magnitud en esta región geográfica se ha incrementado entre un 29% y un 49% como consecuencia directa del calentamiento global.
“Este estudio confirma que el calentamiento de la atmósfera provocado por nuestras emisiones colectivas de carbono está dando lugar a un patrón de lluvias más extremas e intensas, al que los responsables políticos deben prepararse y adaptarse para proteger las vidas, los medios de subsistencia y las infraestructuras de nuestra región”
Así lo ha manifestado David García-García, investigador perteneciente a la Universidad de Alicante y uno de los redactores principales del informe técnico.
Análisis del impacto meteorológico en territorio español
La intensidad extrema de las precipitaciones en España se explica, según las indagaciones de García-García, por el posicionamiento inusual de dos bloqueos anticiclónicos: uno situado sobre Groenlandia y Escandinavia, y otro sobre las Azores, ambos desplazados más al sur de su ubicación habitual. Esta configuración meteorológica permitió la formación de los denominados ríos atmosféricos, que trasladaron enormes masas de aire húmedo desde el Caribe a través del Atlántico.
El temporal golpeó con especial dureza a Grazalema, una localidad andaluza donde se registró en tan solo un mes una cantidad de agua superior a la que habitualmente cae en todo un año. Esta situación obligó a las autoridades de España, Portugal y Marruecos a realizar desembalses de emergencia en sus presas para prevenir catástrofes por desbordamiento. El equipo científico vincula esta mayor capacidad de generar lluvias al incremento de la temperatura global, que ya se sitúa 1,3 °C por encima de los niveles preindustriales, potenciando la evaporación y el flujo de vapor de agua en la atmósfera.
Consecuencias económicas y emergencia humanitaria
Las tormentas registradas en el invierno de 2026 derivaron en una crisis de grandes proporciones. Solo durante el mes de enero, más de 15.000 ciudadanos fueron evacuados en la Península Ibérica. En términos financieros, los daños materiales en España y Portugal superaron los 11.000 millones de euros, cifra que engloba desde la reconstrucción de infraestructuras hasta subsidios industriales y ayudas agrícolas. Por su parte, el Gobierno de España destinó una partida de 7.000 millones de euros para la recuperación de los municipios afectados.
En la región de Andalucía, el impacto fue devastador para el campo, dañando el 20% de la producción agrícola anual. Un dato alarmante es la caída en la producción de aceite de oliva, que registró 170.000 toneladas menos en comparación con el ciclo anterior.
El papel del calentamiento global según la ciencia

Para llegar a estas conclusiones, especialistas del WWA, en colaboración con el Imperial College London, la Universidad de Évora y la Universidad Mohammed VI Polytechnique, analizaron series de datos meteorológicos de los últimos 76 años. Se enfocaron en tres áreas clave: el norte y sur de la Península Ibérica, y el norte del territorio marroquí, empleando modelos de referencia como ERA5 y E-Obs.
El estudio revela que las precipitaciones extremas en el sur de España y el norte de Marruecos son ahora hasta 65 veces más probables que en la era preindustrial. El 4 de febrero de 2026 se vivió un episodio de lluvia que estadísticamente solo ocurre una vez cada 40 años, aunque en ciertos puntos los récords fueron mucho mayores. Clair Barnes, investigadora principal, señaló lo siguiente:
“algunos lugares recibieron cantidades mucho mayores de lluvia, con períodos de retorno locales que superan con creces los 100 años”
Un ejemplo crítico fue Grazalema, donde se acumularon 2.527 milímetros de agua en poco más de un mes, duplicando el máximo histórico alcanzado en 2009. Mientras tanto, en el norte peninsular, el fenómeno no fue tan atípico, con episodios de lluvia que tienen una probabilidad de ocurrencia del 20% anual.
Finalmente, al contrastar los datos con modelos climáticos, los científicos confirmaron que en el norte de España los días más lluviosos son ahora un 11% más intensos debido a la actividad humana. Aunque en el sur es más complejo establecer una tendencia estadística a largo plazo, Barnes enfatizó que esto no descarta la influencia directa del cambio climático en la severidad de las tormentas observadas en esa región.
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