El cohete SLS de la NASA ha conseguido sobrepasar uno de sus desafíos técnicos más complejos al completar con éxito el abastecimiento de hidrógeno líquido, manteniéndose dentro de los parámetros de seguridad establecidos. El pasado 19 de febrero, tras una serie de evaluaciones minuciosas en la plataforma de despegue, el ensayo general húmedo concluyó de manera satisfactoria, lo que permitió confirmar la operatividad de los sistemas vitales. Este avance coloca a la misión Artemis II en la trayectoria adecuada para su despegue con tripulación, previsto para la ventana de lanzamiento de marzo.
Este hito representa un cambio de rumbo significativo luego de los problemas recientes relacionados con filtraciones, que habían generado dudas sobre la utilización de combustible criogénico en misiones de tal magnitud. El cohete SLS, cuya meta principal es llevar astronautas a rodear la Luna, emplea hidrógeno líquido como su propulsor base, un elemento que, aunque fundamental, resulta conflictivo por su recurrente tendencia a presentar fugas de seguridad.
Dichas filtraciones habían provocado gran incertidumbre y obligaron a posponer diversas pruebas determinantes antes del despegue oficial. En una evaluación reciente llevada a cabo en el Centro Espacial Kennedy, ubicado en Florida, el personal técnico detectó varias fugas de hidrógeno líquido apenas se inició el llenado del cohete. Este compuesto es clave para la potencia del SLS, pero requiere mantenerse a una temperatura criogénica extrema y es sumamente complejo de contener debido a su ligereza y bajísima densidad.
La detección de estas fugas forzó la suspensión de la transferencia del combustible y postergó revisiones esenciales, un escenario que guarda similitudes con los contratiempos reportados tanto en el antiguo programa del transbordador espacial como en la misión no tripulada Artemis I en el año 2022.

El reto técnico del hidrógeno líquido
En el sector aeroespacial, el hidrógeno líquido es sumamente apreciado debido a su excepcional impulso específico, que le permite proporcionar el mayor rendimiento posible utilizando cantidades mínimas de propelente. Al respecto, Adam Swanger, investigador principal en criogenia de la NASA, detalló que el hidrógeno
“es tan ligero que tiende a escapar incluso de los materiales más avanzados”
.
Esta propiedad física obliga a la utilización de tanques de proporciones masivas y sistemas de sellado de alta hermeticidad. Debido a que es aproximadamente 14 veces más ligero que el aire, su contención representa un desafío mayúsculo; incluso una mínima acumulación de este gas en la infraestructura de lanzamiento puede derivar en un peligro crítico de deflagración.
A diferencia de otros propulsores modernos que utilizan metano o queroseno —sustancias más estables para manipular en la Tierra—, el SLS depende del hidrógeno líquido tanto en su primera como en su segunda etapa de propulsión. Por su parte, compañías privadas como SpaceX y Blue Origin han optado por priorizar el metano y el queroseno en las etapas iniciales de sus lanzadores, dejando el hidrógeno únicamente para las fases superiores, donde su eficiencia resulta insuperable en el vacío del espacio exterior.

Mandatos legislativos y herencia tecnológica
La decisión de utilizar hidrógeno en el SLS no responde únicamente a criterios de ingeniería. Casey Dreier, director de política espacial en la Planetary Society, explicó que el Congreso de los Estados Unidos estableció legalmente que la NASA debía aprovechar la infraestructura y el personal técnico provenientes del programa del transbordador espacial. Esto derivó en que se mantuviera el hidrógeno líquido como el pilar central del combustible para el nuevo cohete.
Esta herencia tecnológica ha dado como resultado un hardware propenso a dificultades de operación, lo que ha elevado los costos y la complejidad del proyecto. Dreier afirmó que
“tratar de ensamblar piezas de un programa anterior trasladó buena parte de las consecuencias y gastos a la operación del nuevo cohete”
.
En la misma línea, Amit Kshatriya, administrador asociado de la NASA, subrayó que el SLS continúa siendo un “vehículo experimental” y aclaró que todavía no se considera una nave plenamente operativa. La institución reconoce que es sumamente difícil prever todos los puntos de fuga del hidrógeno, especialmente porque cada montaje del sistema, incluyendo el enorme Tail Service Mast Umbilical (TSMU), presenta configuraciones inéditas.
Innovaciones y soluciones de sellado
Con el objetivo de reducir los riesgos, la NASA ha aplicado diversas mejoras técnicas tras ubicar las filtraciones en sectores clave. Se procedió al reemplazo de los sellos en dos de los conductos principales y se realizaron pruebas elevando temporalmente la temperatura en las tuberías para permitir que los sellos recuperen su elasticidad antes de ser sometidos nuevamente al frío criogénico.

Para estos componentes se utilizan polímeros de teflón, buscando asegurar aislamiento y resistencia, aunque Swanger advirtió que
“hay pocas alternativas eficaces para un cohete de este tamaño y necesidad”
. Actualmente, la agencia maneja un estándar de seguridad que permite un margen de fuga máximo del 16% durante el proceso de carga, un límite difícil de cumplir de forma constante.
Expertos en la materia sugieren que para eliminar totalmente las fugas se requerirían nuevos descubrimientos en la ciencia de los materiales. Jihua Gou, docente de ingeniería aeroespacial, argumenta que las fluctuaciones extremas de temperatura y la deformación de los componentes aumentan el grado de dificultad, mientras que el diseño del SLS, creado para gestionar un flujo masivo de hidrógeno, entorpece la obtención de un sellado perfecto.
No obstante, las medidas correctivas de la NASA han probado ser fructíferas, puesto que en el último ensayo general el llenado se completó íntegramente bajo los protocolos de seguridad. La organización señala que cada prueba aporta datos nuevos sobre el comportamiento de los ensamblajes, manteniendo firme su meta de alcanzar los estándares necesarios para el primer vuelo tripulado.

Hacia el lanzamiento de Artemis II
Pese a las dudas externas sobre el uso prolongado del hidrógeno líquido, Swanger aseguró que la NASA posee los protocolos correctos para manejar este combustible con total seguridad. Resaltó que, si bien se han detectado fugas, la agencia jamás ha sufrido un accidente causado por el hidrógeno líquido bajo las normativas de seguridad vigentes.
Luego de las reparaciones en los sellos y la inspección de los sistemas, el equipo encargado de Artemis II logró cargar totalmente el SLS con un volumen de 2,76 millones de litros de hidrógeno líquido y oxígeno. Durante este proceso, las concentraciones de gas filtrado no superaron los límites permitidos, según informaron los líderes de la misión.
Con el cumplimiento de estos objetivos, la NASA se alista para el siguiente gran hito: el lanzamiento del primer vuelo con tripulación humana que viajará más allá de la órbita terrestre baja en décadas. El éxito de estas pruebas permite a la agencia espacial confirmar que tanto el cohete como su complejo sistema de propulsión están listos para el reto de volver a la Luna.
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