En una jornada histórica para la conservación, el Ministerio de Ambiente y Energía de Ecuador comunicó el pasado 20 de febrero de 2026 el retorno de 158 tortugas gigantes a la isla Floreana. Esta especie, que se encontraba ausente de dicho territorio desde el siglo XIX, fue reintroducida mediante un operativo liderado por la Dirección del Parque Nacional Galápagos.
La iniciativa, enmarcada en el denominado Proyecto de Restauración Ecológica de Floreana, representa el primer reingreso de estos quelonios en más de cien años. El proceso se llevó a cabo bajo estrictos protocolos que incluyeron cuarentena, aplicación de microchips para identificación y un plan de monitoreo sanitario y biológico de largo alcance.
De acuerdo con la información oficial proporcionada por la Cartera de Estado, estos animales desempeñan un papel vital como
“ingenieras del ecosistema”
debido a su capacidad intrínseca para la dispersión de semillas, la regulación de la flora local y el fomento de la regeneración natural de los hábitats insulares.
Un proceso de recuperación genética y ambiental
La reintroducción de los especímenes en Floreana trasciende el valor simbólico de una reparación histórica. Los ejemplares liberados son el resultado de un programa de crianza especializado, el cual utilizó individuos con una elevada carga genética del linaje original de la isla, que fue redescubierto en el volcán Wolf, ubicado en la isla Isabela.
El plan tiene como meta principal la restauración de procesos ecológicos que habían desaparecido. Para lograrlo, previamente se ejecutaron intervenciones en la isla con el fin de eliminar especies invasoras, tales como gatos ferales y roedores, además de instaurar sistemas de vigilancia y alertas tempranas.

Desde una perspectiva científica, la denominación de las tortugas como “ingenieras del ecosistema” hace referencia a especies con la facultad de transformar físicamente su entorno, modificando así la disponibilidad de recursos indispensables para otras especies que comparten su hábitat.
En el caso específico de las tortugas gigantes del género Chelonoidis, esta función se cumple mediante la herbivoría, el pisoteo del terreno, sus patrones de migración según la temporada y la deposición de materia fecal. Estos organismos no solo consumen vegetación, sino que reconfiguran la estructura del paisaje, facilitan la creación de sitios para la germinación y conectan diferentes áreas a través de la redistribución de nutrientes.
Evidencia científica sobre la dispersión de semillas
Estudios realizados en Santa Cruz aportan datos sólidos sobre este fenómeno. Tras analizar 120 muestras de heces recolectadas en un periodo de 15 meses, científicos identificaron al menos 45 especies de plantas transportadas por los quelonios. Los hallazgos revelaron que cada muestra contenía, en promedio, 464 semillas.
Mediante el uso de telemetría y análisis de retención digestiva, se determinó que el 47% de las semillas ingeridas pueden ser trasladadas a distancias superiores a los 500 metros, mientras que un 3% alcanza dispersiones mayores a los 3 kilómetros. Esta característica las posiciona como piezas clave para la conectividad ecológica en un archipiélago fragmentado por barreras geográficas y volcánicas.

Sin embargo, el impacto no es uniforme en todos los escenarios. Se ha observado que una parte de las semillas transportadas pertenece a flora introducida, lo que representa un reto para la gestión ambiental. En áreas agrícolas de Santa Cruz, se detectó que más del 70% de las semillas en las heces eran de especies no nativas. Esto demuestra que la ingeniería ecosistémica depende directamente del estado de conservación del hábitat y de las medidas de control que se apliquen simultáneamente.
Efectos en la vegetación y el suelo a largo plazo
Investigaciones de larga duración han comparado zonas con y sin presencia de tortugas, revelando que estos herbívoros provocan reducciones importantes en la densidad de cactus juveniles debido al ramoneo y al pisoteo. Este comportamiento ayuda a evitar que los matorrales crezcan de forma excesiva, manteniendo espacios abiertos. Simulaciones indican que una densidad de 0,7 individuos por hectárea podría revertir la arbustización en un lapso de varias décadas.
La temporalidad es un factor determinante en estos proyectos. En la isla Santa Fe, donde se utilizaron tortugas como reemplazo ecológico, se registró una supervivencia del 85% tras cinco años de monitoreo. Aunque se han empezado a notar cambios en la vegetación, los expertos sostienen que la transformación completa del paisaje podría tomar varias generaciones.

Adicionalmente, las tortugas influyen en la calidad del suelo. Sus desechos crean “parches fértiles” que concentran materia orgánica, mientras que sus senderos y microdepresiones afectan la infiltración del agua. El consenso científico destaca que estas acciones incrementan la heterogeneidad espacial del ecosistema de manera positiva.
Hacia una restauración integral de la isla
La intervención en Floreana es parte de un plan maestro que contempla la futura reintroducción de hasta 12 especies endémicas que se consideran extintas a nivel local. Bajo esta visión, las tortugas no son un fin en sí mismas, sino un engranaje central en una cadena de procesos que abarca desde la regeneración vegetal hasta la recuperación de hábitats para aves y otras especies.
Finalmente, es importante recordar que la historia de estos animales en Galápagos ha estado marcada por la explotación que causó la pérdida de linajes enteros, como el de la isla Pinta. Estudios genómicos contemporáneos confirman la existencia de más de una decena de linajes distintos, lo que subraya la importancia de ejecutar planes de manejo específicos y diferenciados para cada isla del archipiélago.
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