Hacia el año 1888, poco tiempo después de que el célebre pintor Vincent van Gogh se estableciera en Arlés —una localidad del sur de Francia levantada sobre vestigios romanos—, el artista redactó una misiva dirigida a su colega parisino, Émile Bernard, para relatarle los pormenores de su nueva residencia.
“He alquilado una casa pintada de amarillo por fuera, encalada por dentro, a pleno sol”
En sus escritos, Van Gogh también incorporó una descripción poética del entorno que observaba:
“La ciudad está rodeada de vastos prados adornados con innumerables ranúnculos: un mar amarillo”
Desde su estancia en aquella vivienda y rodeado de ese entorno vibrante, el pintor utilizó este tono de manera recurrente para dar vida a algunas de sus creaciones más emblemáticas: extensos trigales bajo la intensidad del sol, la luminosa marquesina de un café nocturno y sus inconfundibles jarrones con girasoles.
La psicología detrás del color
Así como Pablo Picasso atravesó su conocida época azul a inicios de 1900 marcada por la melancolía, lo que podría denominarse como el “período amarillo” de Van Gogh reflejaba no solo la intensidad del clima provenzal, sino también un estado de esperanza, optimismo y consuelo personal durante esa etapa de su trayectoria. Su dominio técnico de este color durante su estancia en Arlés fue tal que, desde entonces, su nombre ha quedado ligado de forma indisoluble a dicha tonalidad.
Actualmente, la exposición titulada Amarillo: Más allá del color de Van Gogh, organizada por el Museo Van Gogh de Ámsterdam, utiliza este pigmento como eje central de su curaduría. La muestra, que permanecerá abierta hasta el 17 de mayo, establece vínculos entre el genio posimpresionista y otros maestros de la pintura como Paul Signac, Kazimir Malévich y J.M.W. Turner. Además, la exhibición integra elementos cotidianos como vestidos de gala y obras contemporáneas, destacando dos instalaciones del artista Olafur Eliasson.
Para desarrollar esta narrativa, los curadores utilizaron como punto de partida la obra Girasoles de 1889, analizando cómo el significado de este color ha mutado para los creadores a lo largo del tiempo. Ann Blokland, una de las responsables de la muestra, define la propuesta como un recorrido profundo:
“Para la época de Van Gogh, era un color de modernidad, de espiritualidad y de teoría del color. Pero queremos que se pueda recorrer la exposición para hacer tus propias asociaciones”

La investigación sobre la teoría del color fue una de las mayores inquietudes de los artistas del fin de siècle. Figuras como Wassily Kandinsky e Hilma af Klint sostenían que los colores poseían vibraciones espirituales y significados simbólicos capaces de alterar emocionalmente al espectador. Kandinsky, por ejemplo, comparaba el impacto visual del amarillo con el sonido de una “trompeta estridente”. De hecho, el artista compuso una obra teatral titulada El sonido amarillo; aunque no se estrenó en su época, el museo proyecta hoy un fragmento de una versión de 1974 musicalizada por Alfred Schnittke.
Una experiencia multisensorial
La exposición trasciende lo visual e incorpora estímulos auditivos y olfativos. Estudiantes del conservatorio local han creado piezas para interpretar la esencia del amarillo, mientras que diversos decantadores permiten a los visitantes percibir aromas de pachulí, bergamota y vainilla relacionados con el color.
Este enfoque inmersivo se consolida con las obras de Olafur Eliasson, reconocido internacionalmente por The Weather Project en la Tate Modern. Los curadores Blokland y Edwin Becker destinaron un nivel completo del museo para exhibir la escultura de luz Who Is Afraid Yellow Flower Ball (2006) y la serie Color Experiment No. 78 (2015), compuesta por 72 piezas circulares que reaccionan a la iluminación amarilla.

La conexión entre Eliasson y Van Gogh reside, según Blokland, en ese interés casi matemático por la técnica del color. El pintor neerlandés solía experimentar con contrastes cromáticos (amarillo frente a azul o púrpura) utilizando ovillos de lana para visualizar las mezclas antes de aplicarlas al lienzo. Una caja de laca presente en la exposición muestra precisamente los tonos de lana que coinciden con su naturaleza muerta de frutas de 1887.
Aunque se le asocia fuertemente con este pigmento debido a los Girasoles de 1888 y 1889, los expertos aclaran que Van Gogh no empleó este color de manera desproporcionada durante toda su vida. Sus inicios en Bélgica y los Países Bajos estuvieron marcados por tonos sombríos y terrosos que reflejaban la crudeza de la vida rural.

Fue tras su traslado a París en 1886 cuando, bajo la influencia de figuras como Paul Gauguin, Henri de Toulouse-Lautrec y Signac, su paleta comenzó a transformarse. Su pasión por el amarillo alcanzó su cénit en Arlés, donde pintó La casa amarilla y se retrató a sí mismo con sombreros de paja.
“Era un color que lo desafiaba a llevar la expresión y la emoción en su pintura aún más lejos, porque era un color tan fuerte, y lo rodeaba por completo en Arlés”
puntualizó Blokland.
Esta fase se mantuvo incluso durante su internamiento psiquiátrico en St. Remy. No obstante, al mudarse a Auvers-sur-Oise en sus últimos meses, sus obras retomaron matices más oscuros, predominando los azules y púrpuras.

Modernidad y decadencia
Un hallazgo relevante de la investigación curatorial fue la recurrencia de libros amarillos en los cuadros de Van Gogh. En aquella época, estas eran ediciones francesas de bolsillo conocidas por su contenido audaz o provocativo, lo que otorga una nueva lectura a su obra Montones de novelas francesas (1887). Gracias a estas publicaciones, el amarillo se convirtió en un símbolo de lo vanguardista y lo atrevido.
Incluso existió una publicación británica llamada The Yellow Book, que desafiaba las normas sociales de finales del siglo XIX publicando textos polémicos. Esa última década del siglo, conocida como los “Años Noventa Amarillos” por su carácter decadente, fue un periodo que Van Gogh no llegó a presenciar por completo, pues se quitó la vida en julio de 1890.
En sus honras fúnebres, el amarillo volvió a ser protagonista. Sus allegados cubrieron el féretro con dalias y girasoles. Su amigo Émile Bernard relató en una carta que había
“flores amarillas por doquier”
, señalando que aquel era su tono predilecto y representaba
“el símbolo de la luz que buscó en el corazón de las personas, así como en las obras de arte”
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