La familia de María Claudia Tarazona atravesó un periodo de profunda incertidumbre y pesadumbre tras el ataque perpetrado contra su esposo, el senador y aspirante a la presidencia Miguel Uribe Turbay. Los hechos ocurrieron el pasado sábado 7 de junio de 2025, durante la jornada vespertina, cuando un sicario de apenas 15 años accionó un arma de fuego en tres ocasiones contra el político. El atentado tuvo lugar mientras Uribe encabezaba un acto de proselitismo en el parque El Golfito, ubicado en el barrio Modelia de la localidad de Fontibón.
Debido a las críticas heridas sufridas, el representante del Centro Democrático fue ingresado de urgencia en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de la Fundación Santa Fe de Bogotá. En dicho centro hospitalario, el congresista luchó por su vida durante un periodo superior a los dos meses, hasta que finalmente se confirmó su fallecimiento el 11 de agosto.
El desafío de explicar lo inexplicable
Durante las semanas de hospitalización, el círculo más cercano del senador se mantuvo en constante vigilia y oración. En este núcleo destaca su hijo Alejandro, de tan solo cuatro años de edad. Según compartió María Claudia Tarazona en una reciente entrevista, el reto más doloroso que enfrentó como madre fue comunicarle al pequeño la gravedad de la situación de su progenitor.
En un diálogo íntimo con la periodista Eva Rey, para el espacio de entrevistas Desnúdate con Eva, Tarazona recordó con precisión el momento:
“Tenerme que agachar, mirar a Alejandro a los ojos y decirle: ‘Alejandro, a tu papá, un joven muy malo, muy, muy malo, le disparó en la cabeza y papá está en la clínica y está muy mal’”
La viuda del precandidato presidencial resaltó la madurez con la que el infante procesó la tragedia, asimilando que su padre había sido blanco de un acto violento. Al respecto, Tarazona fue enfática al señalar que “un niño de cuatro años entiende lo que hace un disparo en una cabeza”.
Transcurrido un mes desde el atentado, y tras buscar orientación con psicólogos especializados en crianza y procesos de duelo, se tomó la decisión de permitir que el niño visitara a su padre en el hospital. Los expertos determinaron que este encuentro sería beneficioso para el proceso emocional de Alejandro.

Un encuentro que conmovió a los especialistas
El pequeño fue trasladado a la Fundación Santa Fe para reencontrarse con el senador. Durante la visita, estuvieron presentes María Claudia Tarazona y el reconocido neurocirujano Fernando Hakim, quien fue el encargado de realizar las diversas intervenciones quirúrgicas a las que fue sometido Miguel Uribe durante su estancia en cuidados críticos. “Ese momento es terriblemente desgarrador. Estábamos todos preparados, preparados para el momento, no para lo que iba a pasar”, confesó Tarazona.
Al ingresar a la habitación, el ambiente se tornó silencioso. El niño rodeó la cama clínica, observó a su padre, tomó su mano y la besó. Acto seguido, Alejandro formuló una petición que quebró la entereza de los presentes en la sala.
La madre relató que el niño miró al especialista médico y le preguntó:
“Doctor, ¿le puedo dar un beso y un abrazo a mi papá, que lo tengo guardado hace mucho tiempo?”
Al escuchar estas palabras, el doctor Fernando Hakim, a pesar de su vasta experiencia enfrentando el dolor humano, no pudo contener la emoción. Según Tarazona, al médico se le humedecieron los ojos y las lágrimas brotaron mientras el pequeño se lanzaba sobre su padre para abrazarlo prolongadamente.
Tras el emotivo gesto, el menor procedió a aplicar crema hidratante en las manos de su padre antes de retirarse del cuarto.

Para la esposa del fallecido senador, la escena resultó devastadora no solo por el acto en sí, sino por el contraste de la imagen actual de Miguel Uribe frente a la vida activa que solía llevar. Recordó que su esposo era un hombre polifacético, amante del piano, el ajedrez y los deportes, además de ser el instructor de golf de su hijo.
Finalmente, María Claudia Tarazona reflexionó sobre el impacto de ver a su pequeño interactuar con un padre que ya no podía responder físicamente:
“Ver a Alejandro abrazar a un papá que cantaba, que tocaba piano, que jugaba ajedrez, que era deportista, que era su profesor de golf, en una cama sin poderse mover, recibiendo un beso y un abrazo de su hijo de cuatro años. Eso es profundamente desgarrador”
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