Al igual que ocurre en diversas localidades de Europa, el pueblo de Bonnefond se enfrentaba a un proceso de despoblación crítica. Actualmente, la zona cuenta con apenas 110 habitantes, en su gran mayoría personas de la tercera edad. En este lugar, la presencia de infantes es casi nula, exceptuando la temporada de verano cuando los nietos acuden a visitar a sus familiares.
Este entorno fue el seleccionado por la asociación LIVE (Sitio Intergeneracional de Vida en Común), liderada por Florence y Philippe Saint-Marcoux, para poner en marcha una iniciativa que lleva varios años transformando la vida de jóvenes y ancianos por igual. Ubicado en la región de la Corrèze, en el sudoeste de Francia, Bonnefond es ahora el centro de una transformación profunda en el modelo de protección de menores. En este rincón rural, entre el cultivo de hortalizas y el calor de las chimeneas, los denominados “niños rotos” bajo tutela estatal y los adultos mayores locales han encontrado un propósito compartido.
“Hace falta un pueblo entero para educar a un niño”
Este proverbio africano constituye el eje central del proyecto. En la Francia rural de este siglo, los fundadores han logrado romper con el aislamiento social que tradicionalmente separa a la juventud en centros de acogida y a los ancianos en residencias. 
La organización de los Saint-Marcoux propone un esquema distinto al convencional; no se define como un orfanato ni como un asilo de ancianos. Sus creadores lo describen como un ecosistema donde la vulnerabilidad individual se transforma en una fortaleza colectiva. Una de las vecinas, que inicialmente sintió dudas sobre la llegada de los menores, comenta ahora con alegría: “A nosotros los chicos nos hacen rejuvenecer y a ellos les gusta que les contemos las historias del pueblo”.
El origen de un modelo alternativo
Los responsables del proyecto cuentan con una amplia trayectoria en el área social. Florence dedicó treinta años a la protección de la infancia, desempeñándose desde asistente social hasta directora de instituciones. Por su parte, Philippe, quien trabajó como sommelier en un restaurante con estrella Michelin, decidió enfocarse en la educación social tras notar las fallas del sistema institucional tradicional.

La inspiración para crear LIVE surgió de una vivencia familiar. Mientras gestionaban un centro en Maine-et-Loire, Florence llevó a su abuela de 94 años a convivir con ellos temporalmente. “Notamos que los chicos, normalmente muy agitados, se volvían más calmos, atentos y educados en su presencia”, relata Florence. Del mismo modo, el impacto en la mujer fue notable: “Y al revés: al contacto con ellos, la anciana recuperaba las ganas de caminar”. Esta observación demostró que la convivencia permite a los jóvenes desarrollar habilidades sociales mientras los adultos mayores mantienen su vitalidad.
Una comunidad transformada en hogar
La integración en Bonnefond no estuvo exenta de dificultades. Algunos residentes sentían temor de que la llegada de jóvenes de entornos urbanos trajera consigo episodios de violencia. No obstante, gracias a la gestión del matrimonio y al respaldo del alcalde de aquel entonces, lograron adquirir la antigua posada local y otras dos propiedades.

En la actualidad, el proyecto se estructura en tres núcleos que fomentan la independencia y el intercambio:
- Les Milans: El hogar destinado a niños de entre 6 y 13 años.
- Les Menhirs: La residencia para adolescentes y jóvenes de hasta 21 años.
- Les Tilleuls: El antiguo albergue que sirve como corazón social, donde se ubica el “café de los simpatizantes” y se comparten las comidas.
En este espacio, el uso de dispositivos móviles y redes sociales está restringido mientras los jóvenes están en el predio. “Los alimentamos con tantas otras cosas”, enfatiza Florence. El entretenimiento tecnológico se limita a una televisión y una colección de películas en DVD para las noches.

La dinámica del intercambio diario
El éxito de la iniciativa radica en la cotidianidad compartida más que en actividades estructuradas. Caroline, quien se integró a Bonnefond hace dos años huyendo de entornos de violencia y drogas, ahora colabora en la cocina preparando postres. “Aquí es diferente. No nos sueltan”, afirma con seriedad.
Los adultos mayores, como Nicole o Jacky, han tomado el papel de abuelos afectivos. Nicole enseña técnicas de tejido, mientras que Jacky, de 82 años, instruye a los jóvenes en la búsqueda de hongos en el bosque. Axel, un joven de 14 años, relata cómo su vecino Robert le enseñó los secretos de la agricultura: “Robert me enseñó cuándo sembrar las chauchas. Como ahora está hospitalizado, nosotros cuidamos sus verduras”. Este tipo de responsabilidades actúa como una terapia fundamental para quienes se han sentido marginados por el Estado.

Además de la vida rural, el proyecto incluye viajes culturales a destinos como París o las montañas de Suiza, ampliando el horizonte de los menores.
Un escudo contra la exclusión
El impacto positivo es mutuo. Para los ancianos, la vitalidad de los jóvenes es un remedio contra la soledad rural. Por ejemplo, una residente entregó su piano para que los jóvenes aprendan música. “Sientes que hay vida. Y que eso aporta vida al pueblo”, sostiene otra de las habitantes. Jacky, que vive sobre el café, confiesa que se sumó para “estar menos solo” y ahora disfruta compartir la mesa con Caroline, Melina, Mathias y Laurie.

Pese a los logros, los Saint-Marcoux mantienen una visión realista. El trabajo es complejo, algunos jóvenes no logran adaptarse a las normas y deben partir, y las discusiones son parte de la convivencia, aunque siempre bajo la supervisión de educadores profesionales.
Logros significativos
Uno de los hitos más relevantes fue el egreso de Mathis, el primer niño que ingresó a LIVE en 2019. Tras seis años de acompañamiento, el joven se ha trasladado a un centro de formación profesional. “Son adolescentes por los que nadie apostaba”, expresa Florence conmovida, subrayando que su progreso es “la prueba de que no por tener un pasado destrozado uno deja de valer algo”. Hasta el momento, 15 jóvenes han alcanzado la mayoría de edad y seguido sus propios caminos.

Este modelo intergeneracional se presenta como una solución esperanzadora para los desafíos del envejecimiento y la orfandad. Sin embargo, el proyecto enfrenta barreras financieras y burocráticas. Las estrictas regulaciones administrativas limitan la expansión; si se integran más residentes permanentes de la tercera edad, la normativa obligaría a cambiar la categoría legal del centro, lo que curiosamente les impediría consumir productos propios de su huerto o del bosque debido a reglas sanitarias industriales.
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