Por primera ocasión en 65 años, la NASA se vio en la necesidad de realizar la repatriación anticipada de uno de sus tripulantes desde la Estación Espacial Internacional (EEI) debido a complicaciones de salud. Aunque los detalles específicos de la condición y la identidad del afectado permanecen en reserva, una investigación reciente publicada en la prestigiosa revista PNAS arroja luz sobre cómo el cerebro, protegido por la estructura ósea y el líquido cefalorraquídeo, sufre alteraciones significativas en el espacio. De acuerdo con el estudio, el órgano
“Se desplaza y se deforma”
de una manera sutil pero cuantificable durante las permanencias prolongadas fuera de la atmósfera terrestre.
Durante mucho tiempo se sostuvo la teoría de que la estructura cerebral era inmune a las variaciones mecánicas del entorno espacial. No obstante, el análisis de resonancias magnéticas practicadas a 26 astronautas ha desmentido esta creencia. Los investigadores Tianyi Wang y Rachael D. Seidler, autores principales del trabajo, señalaron que
“Cuando los humanos regresan del espacio, su posición cerebral promedio es más alta dentro del compartimento craneal. El cerebro se desplazó hacia atrás, hacia arriba y giró hacia atrás en la dirección de inclinación entre antes y después del vuelo espacial”
.
Este fenómeno ocurre porque, bajo condiciones de microgravedad, los fluidos del cuerpo se movilizan hacia la zona superior, alterando las presiones internas y la tensión dentro del cráneo. Al respecto, Seidler explicó que ante la ausencia de una fuerza gravitatoria que empuje hacia la base,
“el cerebro ‘flota’ y experimenta tensiones diferentes a las habituales”
.

Evaluación técnica de las alteraciones anatómicas
Para determinar la magnitud de estos cambios, el equipo científico fragmentó el cerebro en más de 100 divisiones anatómicas distintas, comparando minuciosamente las capturas de imagen antes de la partida y tras el aterrizaje. En aquellos profesionales que cumplieron misiones cercanas a los 12 meses en la EEI, se detectaron movimientos en ciertas zonas que superaron los dos milímetros.
La investigación destaca que
“El cerebro no sólo debe reajustar cómo procesa la información sensorial en microgravedad; también se ve obligado a ‘recolocarse’ dentro de su propio contenedor”
. Las áreas vinculadas estrechamente con la integración sensorial y el control motor fueron las que presentaron las variaciones más drásticas. Además, se observó que regiones de ambos hemisferios mostraron una mayor proximidad entre sí, un detalle que suele pasar inadvertido en estudios generales, pues
“Los desplazamientos regionales fueron, en algunos casos, mucho mayores que los desplazamientos globales”
.
Si bien una variación de dos milímetros puede parecer mínima, dentro de la rígida estructura del cráneo humano constituye un cambio de gran relevancia. Particularmente, una de las áreas encargadas de la movilidad se elevó en promedio 2,52 milímetros en los sujetos que orbitaron durante un año. La tendencia detectada es constante: el cerebro asciende y se retrae, intensificándose este patrón conforme aumenta el tiempo de la misión.

Consecuencias en el equilibrio y la adaptación
Aunque no todos estos movimientos estructurales derivan en síntomas inmediatos, el análisis detectó una correlación directa con la estabilidad de los astronautas al retornar a la Tierra. Según el informe,
“Un mayor desplazamiento de la ínsula posterior izquierda hacia la dirección izquierda se asoció de forma significativa con mayores descensos en el rendimiento del equilibrio en la prueba SOT-5M desde antes hasta después del vuelo”
.
A pesar de estos hallazgos, los científicos recalcaron que estos cambios no representan un peligro de muerte ni deberían frenar la exploración humana.
“Nuestros hallazgos no implican que las personas no deban viajar al espacio”
, puntualizaron para dar contexto a la investigación.

El desafío de la salud en expediciones prolongadas
Tras un periodo de seis meses en nuestro planeta, la mayoría de estas deformaciones anatómicas suelen regresar a su estado original. Sin embargo, no todas las secuelas desaparecen; se ha observado que el desplazamiento hacia atrás persiste incluso después de ese tiempo. Ante esto, los expertos advierten que
“La persistencia de estos desplazamientos posicionales incluso seis meses después del vuelo subraya los efectos duraderos de los vuelos espaciales sobre la neuroanatomía”
.
Con la vista puesta en viajes de mayor duración hacia destinos remotos del sistema solar, estos resultados plantean la necesidad de implementar soluciones tecnológicas, como el uso de gravedad artificial o sistemas que regulen la distribución de fluidos corporales. Así como actualmente existen protocolos rigurosos para salvaguardar el sistema óseo y muscular, la comunidad científica subraya la importancia de proteger la integridad del cerebro.
“Estos hallazgos son fundamentales para comprender los efectos de los vuelos espaciales sobre el cerebro y el comportamiento humano”
, concluyeron los especialistas.
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