No data was found

UE-Mercosur: El desafío de competir con estándares internacionales

La discusión pública sobre el histórico tratado entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur ha tomado un nuevo rumbo. Tras más de dos décadas de negociaciones, el debate ya no se centra únicamente en la firma del documento, sino en la capacidad de los actores para capitalizar sus beneficios o enfrentar el riesgo de la exclusión económica. Este cambio de perspectiva marca el punto más relevante de la coyuntura actual.

En un panel virtual coordinado por Insight LAC, diversos especialistas como Andrés Malamud (Universidad de Lisboa), Otaviano Canuto (Brookings Institution y exrepresentante de Brasil en el FMI), Ignacio Bartesaghi (Universidad Católica del Uruguay), Esteban Actis (Universidad Nacional de Rosario) y Gustavo Rojas (experto paraguayo en relaciones internacionales) profundizaron en esta materia. Los analistas coincidieron en que el acuerdo trasciende el simple intercambio de mercancías, presentándose como una agenda de transformación estructural. Esto obliga a las naciones involucradas a revisar su competitividad, sus marcos regulatorios y sus estrategias de producción frente a un escenario global drásticamente distinto al de los inicios del proceso.

El contexto internacional actual presenta un orden multilateral debilitado, donde la geopolítica influye directamente en la economía y el comercio se gestiona con criterios estratégicos. Bajo esta realidad, el pacto funciona como un mecanismo de previsibilidad, aunque su llegada sea percibida como tardía para ciertos sectores y oportuna para otros. No debe verse como una meta final, sino como una base que permitirá generar oportunidades si se integra en una planificación estatal robusta.

El tratado se inserta en un mundo que ya no funciona bajo las mismas reglas

Un punto fundamental del análisis es que el acuerdo no trata principalmente sobre la reducción de aranceles, sino sobre la adopción de estándares. El mercado de Europa no solo demanda bienes, sino que exige el cumplimiento de certificaciones rigurosas, trazabilidad de productos, normativas ambientales, así como requisitos de carácter sanitario y laboral. En este panorama, la capacidad de cumplir con regulaciones se vuelve tan determinante como la eficiencia en los costos de producción.

Para ilustrar la magnitud de este reto, se destacó que aproximadamente el 75% de las normativas técnicas entre la UE y el Mercosur son divergentes. Esta brecha implica que la armonización de normas será un proceso largo y difícil, con un impacto directo sobre las pequeñas y medianas empresas (pymes). Estas diferencias regulatorias, más que las propias tasas aduaneras, serán el factor que determine quién podrá ingresar efectivamente al mercado europeo.

Esta situación demanda una preparación interna que a menudo se ignora en el discurso político. Es imperativo actualizar los sistemas de control sanitario, optimizar la trazabilidad de los procesos, robustecer las instituciones reguladoras y brindar soporte técnico a las compañías para que cumplan con las exigencias internacionales. Estas reformas estructurales son menos visibles que los debates arancelarios, pero resultan vitales para el éxito del acuerdo.

El acuerdo aparece, al mismo tiempo, como una herramienta de previsibilidad y como un instrumento que llega en un momento incómodo: tarde para algunos sectores, justo a tiempo para otros

Los expertos también advirtieron que los beneficios económicos no llegarán de forma automática. Se espera un incremento paulatino del comercio y un impacto positivo pero moderado en el Producto Interno Bruto (PIB), con una distribución que podría ser desigual según la región o el sector económico. Se estima que, a largo plazo, el crecimiento podría situarse cerca del 1,5% del PIB en ciertos países, lo que refuerza la idea de que el tratado es una herramienta estratégica pero no una solución mágica por sí misma.

Existe el peligro latente de que, sin políticas de diversificación adecuadas, la región quede confinada a una estructura de producción basada únicamente en materias primas. El objetivo central debería ser utilizar el acuerdo como un motor para escalar en las cadenas de valor, captar inversión extranjera directa, integrar nuevas tecnologías y mejorar el talento humano local.

Por otro lado, factores como la fragmentación política tanto en el bloque europeo como en el sudamericano añaden complejidad a la implementación. Las discrepancias internas, las cuotas de importación y las resistencias de ciertos sectores industriales forman parte de un escenario condicionado por asimetrías económicas y tensiones políticas.

La pregunta no es si se va a exportar más carne o más granos, sino si el acuerdo puede convertirse en una palanca para escalar en cadenas de valor y atraer inversión

La anticipación se perfila como la clave del éxito. La gestión de los tratados comerciales requiere una coordinación estrecha entre el sector público y el privado, además de inteligencia comercial y una visión clara de inserción en el mundo. Aquellas naciones que inicien su adaptación antes de la entrada en vigor definitiva del pacto obtendrán una ventaja competitiva, mientras que las que esperen para actuar podrían quedar fuera del juego.

En conclusión, la utilidad del acuerdo radica en su capacidad para actuar como una herramienta de modernización en un comercio global cada vez más exigente. Ofrece la posibilidad de una integración sofisticada en las redes globales de valor, pero también conlleva el riesgo de profundizar desequilibrios si no hay decisiones políticas firmes que lo acompañen. El periodo actual es decisivo para generar las condiciones internas necesarias que permitan aprovechar esta ventana de oportunidad.

Fuente: Fuente

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK

TWITTER