Para que los infantes alcancen su máximo potencial de crecimiento y desarrollo, es imperativo que mantengan una nutrición balanceada desde sus primeros días de vida. Durante el primer semestre, la leche materna o, en su defecto, las fórmulas infantiles, suministran todos los requerimientos nutricionales que el bebé necesita. Tras este periodo, la leche continúa siendo el pilar alimenticio hasta el primer año, aunque se inicia la transición con la introducción de alimentos complementarios.
De acuerdo con las directrices de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), lo ideal es prolongar la lactancia materna hasta los dos años o más, siempre que exista el deseo mutuo entre madre e hijo. En esta etapa, es fundamental establecer rutinas de alimentación para que el menor se integre paulatinamente a la dinámica nutricional del hogar.
Al llegar a esta edad, el niño debe estar plenamente incorporado a una dieta diversa que incluya frutas, verduras, lácteos, cereales integrales y proteínas provenientes de carnes, pescados, legumbres o huevos, adaptando siempre las texturas y porciones. No obstante, la creciente presencia de alimentos ultraprocesados en la dieta de la primera infancia está generando efectos preocupantes que ya han sido documentados por la ciencia.
Vínculo entre procesados y rendimiento cognitivo
Un estudio desarrollado por la Universidad de Illinois en Estados Unidos analizó los hábitos alimenticios de miles de niños de dos años para observar su evolución cognitiva años después, específicamente entre los seis y siete años de edad. Los hallazgos, que fueron difundidos por la revista científica British Journal of Nutrition, evidenciaron una correlación directa entre el consumo de productos procesados y un menor coeficiente intelectual (CI).
En este contexto, se ha generado un debate sobre la protección de los menores frente a la industria alimentaria. Recientemente, se anunció una propuesta para regular la publicidad de productos perjudiciales para la salud dirigida a este sector de la población. Esta medida cuenta con un respaldo social masivo, ya que datos de la AESAN indican que ocho de cada diez personas están a favor de prohibir los anuncios de comida chatarra orientados a niños, niñas y adolescentes.
Análisis de patrones alimenticios
Los científicos no se limitaron a estudiar alimentos individuales, sino que aplicaron un análisis estadístico para identificar patrones de consumo generalizados. Bajo esta metodología, clasificaron las dietas en dos categorías principales:
- Patrón saludable: Caracterizado por la ingesta recurrente de legumbres (alubias), frutas frescas, hortalizas, papillas infantiles y zumos de origen natural.
- Patrón no saludable: Dominado por el consumo de snacks, fideos instantáneos, galletas dulces, golosinas, bebidas gaseosas, embutidos y carnes altamente procesadas.
La investigación determinó que aquellos infantes que mantenían una alta adherencia al patrón no saludable a los dos años presentaban calificaciones más bajas en las pruebas de CI durante su etapa escolar temprana. Este resultado fue consistente incluso tras considerar variables socioeconómicas y familiares que suelen incidir en el aprendizaje.
Factores de riesgo y procesos biológicos
Una particularidad del estudio es que una dieta rica en alimentos sanos no necesariamente se tradujo en un incremento extraordinario del coeficiente intelectual. Los expertos explican que esto se debe a que el 92 % de los participantes ya consumía alimentos saludables de forma regular, lo que dejó poco margen para observar variaciones estadísticas significativas en el extremo superior.
Sin embargo, el daño del patrón no saludable fue drásticamente visible en niños con vulnerabilidades biológicas previas. Aquellos menores que registraron déficit de talla, peso o perímetro craneal durante su primer año de vida fueron los más afectados, mostrando una mayor tendencia a obtener resultados bajos en las evaluaciones de inteligencia al ser expuestos a dietas deficientes.
Respecto a por qué ocurre esto, los investigadores sugieren que la baja calidad nutricional de los ultraprocesados interfiere con el desarrollo del sistema nervioso. Los mecanismos probables incluyen la generación de inflamación sistémica, el aumento del estrés oxidativo y alteraciones críticas en la comunicación entre el intestino y el cerebro. Aunque se revisaron otros factores como el sexo o la duración de la lactancia, la dieta poco saludable se mantuvo como un factor determinante por sí solo.
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