Calificada por diversos sectores como una obra pretenciosa, ridícula y hasta enervante, la reciente versión de Cumbres borrascosas dirigida por Emmerald Fennell ha desatado una fuerte controversia. Para muchos críticos, el filme representa una auténtica aberración que se aleja del espíritu gótico y victoriano de la novela original de 1847, escrita por Emily Brontë.
Las reacciones negativas parecen estar alimentadas por la trayectoria previa de Fennell. La directora ya había incomodado a la audiencia con Una joven prometedora, aquel thriller centrado en la cultura de la violación que se volvió un pilar del movimiento #MeToo. Posteriormente, con Saltburn, exploró las turbias dinámicas de poder entre clases sociales. En retrospectiva, esta nueva adaptación de la obra de Brontë parece ser un híbrido de ambas temáticas, una mezcla que no ha dejado indiferente a nadie.
A pesar de las críticas, la cineasta demuestra una vez más su habilidad para la provocación y su dominio absoluto de las atmósferas inquietantes, utilizando una inventiva visual diseñada para conectar con el público joven. Emmerald Fennell no es una artista que busque el consenso general; su estilo arriesgado desafía los puritanismos y las convenciones narrativas tradicionales.
Un experimento visual fuera de lo común
La libertad con la que la directora ha decidido reimaginar este pilar de la literatura universal es, precisamente, el punto de mayor conflicto. Aunque algunos consideren que se trata de un experimento fallido y no de una obra maestra, la película presenta una estética impactante y un trasfondo sumamente turbio. No es la primera vez que esta historia llega al cine; existen precedentes notables como la versión de William Wyler en 1939, la interpretación de Juliette Binoche y Ralph Fiennes en 1992, el enfoque austero de Andrea Arnold en 2011 y la icónica visión de Luis Buñuel.
Sin embargo, esta lectura actual se distingue por ser la más sensual, desprejuiciada y canalla de todas. Desde sus primeros compases, la producción entrelaza los conceptos de sexo y muerte. La narrativa arranca con una ejecución pública donde los sonidos de la asfixia de un ahorcado se confunden con los de una escena pasional que ocurre a pocos metros, estableciendo que en los Yorkshire Dales de la Inglaterra rural, el deseo y el final de la vida coexisten sin censura.

Al centrarse en Heathcliff y Catherine, el guion prioriza la obsesión física y la brutalidad de su vínculo por encima del tono espectral que caracteriza el cierre del libro original. Fennell utiliza la represión, la venganza y una ironía constante para construir secuencias de alta tensión erótica.
El elenco está encabezado por Margot Robbie y Jacob Elordi, quienes dan vida a esta pulsión romántica y misteriosa. La historia recorre desde la niñez de Cathy (interpretada por Charlotte Mellington) junto a su padre, Mr. Earnshaw (Martin Clunes), y la sirvienta Nelly (Vy Nguyen), hasta la llegada del pequeño Heathcliff. No obstante, es en la etapa adulta, con Robbie y Elordi en pantalla, donde la película se desborda en un despliegue sensorial.
La estética del deseo y la transgresión
La dirección artística de Fennell busca estimular todos los sentidos. Se destacan detalles visuales como un vestido rojo sobre un suelo carmesí o el contraste de una cola de novia blanca arrastrándose por los páramos. La sensualidad se traslada incluso a lo cotidiano: el amasado de pan, el rastro de una babosa en el cristal o la textura de un papel tapiz que evoca la piel.
La película incluye momentos de alta provocación, como la escena donde Heathcliff interactúa con Cathy tras un momento de intimidad de ella, buscando siempre la excitación del espectador. Otro punto álgido ocurre cuando ambos personajes observan, a través de una rendija, un acto de dominación erótica entre sirvientes en un establo; una secuencia incendiaria que refuerza la atmósfera de transgresión del relato.

En cuanto a las actuaciones, Margot Robbie aporta una complejidad emocional notable, mientras que Jacob Elordi se consolida como un referente del género gótico tras su paso por Frankenstein. Su interpretación de un Heathcliff melancólico y a la vez descarado ha sido uno de los puntos más destacados por quienes defienden la propuesta.
Redefiniendo el melodrama gótico
A diferencia de otras adaptaciones que priorizan el conflicto racial o de clase, Fennell se inclina por el exceso formal. La cinta fusiona códigos de la fotonovela, el videoclip y el estilo pulp, creando un producto vertiginoso que no admite términos medios. A través de montajes visuales, se exploran todas las aristas de la pasión: desde el éxtasis y la rabia hasta el aburrimiento dentro del matrimonio y los celos enfermizos.

La trama avanza hacia el regreso de un Heathcliff enriquecido, justo después de que Cathy y Nelly (ahora interpretadas por Hong Chau y con Shazad Latif como Edgar Linton) discuten un compromiso matrimonial. Este retorno desata un romance prohibido que consume también a personajes como Isabella (Alison Oliver), culminando en un final trágico propio de la era victoriana.
En conclusión, aunque esta versión de Cumbres borrascosas no sea una cima absoluta del cine, tampoco es un fracaso total. Es una celebración de las relaciones tóxicas, una propuesta perversa y sádica que logra redefinir el melodrama gótico desde una perspectiva contemporánea y alejada de cualquier cursilería.
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