Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el general Charles de Gaulle planteó una distinción fundamental: en el territorio de Europa hubo naciones que perdieron el conflicto, mientras que otras simplemente resultaron derrotadas. Esta observación del líder francés señalaba directamente a Alemania e Italia como los perdedores obvios en un continente devastado que registró cerca de 40 millones de bajas entre civiles y militares.
Sin embargo, el diagnóstico de De Gaulle encerraba una profundidad estratégica sobre el destino de los vencedores: el peso de Francia y el Reino Unido comenzó a declinar frente a la consolidación de los nuevos poderes globales, Estados Unidos y la Unión Soviética. En este contexto, el triunfo de las naciones europeas, ya debilitadas por la Primera Guerra Mundial, tenía un matiz innegable de derrota política y estratégica.
Esta misma lógica puede trasladarse al conflicto que golpea a Ucrania desde hace cuatro años. Se trata de una confrontación que todavía no arroja un vencedor absoluto, pero que presenta una dinámica particular: Ucrania se encuentra en una posición de pérdida, mientras que Rusia, a pesar de sus avances, parece estar siendo “derrotada” por el costo de sus acciones.

Resulta sumamente improbable que las fuerzas ucranianas logren una victoria total expulsando a las tropas rusas de las regiones del este y el sur. Si se diera ese escenario, el Kremlin enfrentaría la reactivación de tres crisis militares históricas: 1856 (Crimea), 1905 (contra Japón) y 1914 (frente a Alemania). Esto pondría al gobierno ruso ante el riesgo de una desestabilización interna masiva, similar a la denominada “Época de los Tumultos” que caracterizó al siglo XVI con crisis políticas y amenazas externas.
Actualmente, el panorama para Ucrania es crítico: posee el 20 por ciento de su territorio bajo ocupación y sostiene una guerra de carácter puramente defensivo. Con una infraestructura energética y demográfica al borde del colapso, el país depende casi exclusivamente de la asistencia financiera y el armamento proveniente de Europa, aunque su industria bélica local ha mostrado un desempeño notable bajo presión.
La ofensiva rusa y el modelo económico «Kalashnikov»
En el otro lado de la trinchera, Rusia mantiene la iniciativa en un frente que abarca 1000 kilómetros, desde Kupiansk hasta Kherson. Esta última ubicación es estratégica, situándose a solo 150 kilómetros de Odessa, un punto clave considerando que el jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, Valeri Gerásimov, ha manifestado que el ejército
“no se detendrá hasta llegar a la desembocadura del Danubio”
.
Dicho avance se apoya en una industria militar en constante actividad y en los ingresos generados por la comercialización de metales, gas y petróleo. Moscú ha estructurado lo que en Occidente se denomina de forma despectiva como una economía “fósil” o “kalashnikov”. Este modelo se define por ser una economía de corte antiguo que, al igual que el famoso fusil, es “irrompible, barata y con escasa tecnología”.
No obstante, el hecho de conservar la iniciativa no garantiza un desenlace victorioso. Las guerras de desgaste prolongadas suelen generar frustración en el atacante debido a la enorme cantidad de bajas y las demandas logísticas. En este conflicto, el esfuerzo y los recursos invertidos por Rusia guardan una relación desproporcionada con los logros territoriales obtenidos.
Cifras del desgaste: bajas y territorio
Según la investigación realizada por Seth G. Jones y Riley McCabe bajo el título Russia’s Grinding War in Ukraine para el Center for Strategic and International Studies (CSIS), los números son alarmantes. Entre febrero de 2022 y diciembre de 2025, el ejército ruso habría acumulado 1,2 millones de bajas (sumando muertos, heridos y desaparecidos). Dentro de ese total, se proyecta que entre 275.000 y 350.000 soldados han perdido la vida.
En lo que respecta al avance terrestre, el informe destaca las dificultades operativas de Moscú. Durante el inicio de la operación, las fuerzas rusas ocuparon 115.000 km², aunque luego perdieron terreno ante contraofensivas. En el año 2024 capturaron 3.600 km² y en 2025 sumaron 4.800 km² adicionales. El total controlado hoy es de aproximadamente 120.000 km², incluyendo Crimea, lo que representa apenas la quinta parte de Ucrania.
Esta realidad relativiza lo que Rusia considera una victoria. Para un actor que busca profundidad estratégica y seguridad regional frente a la OTAN, lo conquistado parece insuficiente ante el precio pagado. George Friedman, de Geopolitical Futures, sostiene que
“hacer la paz sobre esa base socavaría la credibilidad de Putin”
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Desde una perspectiva geopolítica, una victoria real para el Kremlin requeriría el control de entre el 40 y el 50 por ciento de Ucrania, un territorio comparable al tamaño de Polonia. Solo bajo esas condiciones Rusia obtendría el amparo estratégico que desea; de lo contrario, se enfrentaría a una derrota simbólica.

El factor tiempo y la modernización pendiente
Si bien suele decirse que el tiempo favorece a Rusia, este también actúa como un ácido sobre su estructura interna. El prolongado conflicto ha empezado a golpear indicadores económicos críticos, tales como:
- Crecimiento económico muy reducido e inflación al alza.
- Falta de inversión extranjera y atraso tecnológico.
- Dependencia comercial de China y problemas de productividad.
- Venta de hidrocarburos a precios inferiores a los del mercado internacional.
La modernización económica y tecnológica es la verdadera “gran guerra” que Rusia debe librar para consolidarse como una potencia estratégica completa. Aunque posee activos de gran peso como su arsenal nuclear y su derecho a veto en la ONU, el país corre el riesgo de ser un actor que “puede” pero que no es “necesario” en el orden internacional.

En resumen, aunque Rusia impone su voluntad lentamente en el terreno, las necesidades domésticas y la falta de una modernización estructural sugieren que el país podría estar siendo “derrotado” por el peso de sus propias ambiciones. Sin un giro hacia las tecnologías cuánticas y la geoeconomía, el horizonte para el Kremlin luce tan difuso como el final de una era histórica.
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