Modificar una conducta o una rutina parece, en teoría, una simple decisión de voluntad. Para un gran número de personas, basta con proponerse un objetivo con firmeza y dedicar el máximo sacrificio para alcanzarlo. Desde inscribirse en el gimnasio al inicio del año, hasta intentar dietas estrictas cada lunes o desconectarse de la tecnología antes de dormir, la lista de propósitos se repite de forma constante. No obstante, esa energía inicial suele extinguirse de forma estrepitosa en poco tiempo.
El inconveniente real no radica en una carencia de motivación al principio. Generalmente, el arranque de un nuevo proyecto desborda entusiasmo, expectativas elevadas y una imagen idealizada del éxito final. El conflicto surge porque vivimos en una época marcada por el perfeccionismo y la autoexigencia desmedida, lo que nos impulsa a buscar transformaciones vitales radicales en apenas días. Cuando los avances no se manifiestan con la rapidez imaginada, la frustración termina por destruir la constancia y el compromiso.
En este entorno social, el sacrificio personal se ha elevado a la categoría de dogma contemporáneo. Se nos ha inculcado repetidamente que todo logro depende exclusivamente de la intensidad del trabajo, de las horas dedicadas y de una disciplina inquebrantable. Sin embargo, surge una interrogante crucial: ¿es posible que el problema no sea la falta de empeño, sino un exceso de esfuerzo mal enfocado?
Sobre este tema profundiza Carlos Cenalmor, médico psiquiatra especializado en burnout y estrés laboral. A través de sus contenidos divulgativos en la plataforma TikTok (@dr.carloscenalmor), el experto señala una realidad incómoda:
“El esfuerzo te está alejando de tus objetivos y desde luego te está alejando del equilibrio y de la paz”.

El agotamiento por la sobreexigencia
Cenalmor pone en duda una de las premisas más profundas de nuestra cultura: la creencia de que el esfuerzo sin límites puede con todo.
“Pensamos que con esfuerzo podríamos alcanzarlo todo, cosa que de base es una falacia”,
sostiene el especialista. Aclara además que aplicar una gran energía sin contar con una planificación adecuada solo conduce al agotamiento extremo sin moverse del punto de partida:
“Por ejemplo, mucho esfuerzo sin una estrategia correcta lo único para lo que te sirve es para agotarte y para quedarte en el mismo sitio donde estabas”.
Esta advertencia tiene fundamentos científicos más allá de la reflexión personal. Según explica el psiquiatra, el cerebro humano no funciona como una máquina de rendimiento infinito.
“Nuestro cerebro tiene un límite de absorción del esfuerzo y esto se ve mucho en la ciencia de cambio de hábitos”,
puntualiza. Existe, por tanto, un punto crítico donde insistir con más fuerza no genera resultados, sino que resta capacidad operativa.
En lo que respecta a la formación de nuevas rutinas, los hallazgos científicos sugieren un camino opuesto a la mentalidad de “todo o nada”. El experto enfatiza la importancia de la progresividad como una técnica de adaptación neuronal necesaria:
“Cuando tú quieres establecer un nuevo hábito, algo que se dice es que hay que empezar muy poquito a poco”.
El conflicto aparece cuando se intenta acelerar el proceso natural de aprendizaje:
“Si no lo haces así, si quieres pasar de cero a cien, es muy probable que tu cerebro rechace ese nuevo hábito”.
Este rechazo cerebral puede no ser evidente de inmediato, manifestándose a través de la procrastinación, el autosabotaje o el abandono total. Lo que inició como una decisión firme se transforma rápidamente en una carga adicional de culpabilidad.
“Esto nos pasa con todos los cambios vitales y personales que queremos hacer”,
advierte el especialista.
Finalmente, Cenalmor concluye que el exceso de presión sobre uno mismo puede tener consecuencias devastadoras para la salud mental:
“si nos esforzamos demasiado, al final lo único que logramos es bloquearnos, cerrarnos, y esto, al final, es dañino, nos acaba estresando más, nos acaba quemando más y encima nos acaba dejando con la sensación de desesperanza de que es imposible cambiar cuando eso nunca es cierto. Siempre es posible cambiar”.
El secreto no reside únicamente en la intensidad o las ganas, sino en un proceso paulatino y constante que evite el síndrome del quemado y permita la transformación a largo plazo.
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