Diversos indicios recientes detectados en el sector occidental del océano Pacífico han puesto en alerta a los científicos de todo el mundo ante la llegada inminente de un fenómeno de El Niño. Este evento climático tiene el potencial de transformar los patrones globales y establecer nuevos máximos históricos de temperatura. Entre las señales más preocupantes se encuentran las ráfagas de viento sin precedentes documentadas durante el mes de enero en una zona remota del Pacífico. Estas corrientes están desplazando masas de agua cálida desde el sur de Guam hacia las costas de Sudamérica, lo que indica un cambio drástico en la dinámica oceánica.
Según los reportes más actuales del Centro Europeo de Pronósticos Meteorológicos a Plazo Medio, la consolidación de El Niño se perfila como un escenario altamente probable para el próximo verano. Este fenómeno se distingue por un calentamiento inusual de las aguas en el Pacífico ecuatorial, aunque sus repercusiones se extienden a nivel planetario. El calor concentrado en el ecuador se redistribuye por todo el mundo, alterando los regímenes de lluvia, la potencia de los huracanes e incluso la estabilidad del hielo marino en las regiones polares.
Expertos en climatología advierten que, si bien las consecuencias de El Niño no son inmediatas, su impacto se siente a escala global en pocos meses. En regiones de América del Sur, Asia y África, las variaciones en las precipitaciones podrían comprometer la seguridad alimentaria y las actividades agrícolas. Además, el incremento en la temperatura del mar eleva el riesgo de eventos de blanqueamiento de corales, lo que representa una crisis para la biodiversidad marina. Asimismo, la transferencia de energía térmica hacia los polos puede alterar la dinámica del hielo en el Ártico y la Antártida, influyendo directamente en el aumento del nivel del mar.

La mayor preocupación reside en la capacidad de El Niño para superar los récords térmicos previos. El episodio que se desarrolló en 2023 y alcanzó su máximo a inicios de 2024 fue un elemento determinante para que el año 2024 se convirtiera en el periodo más caluroso desde que se tienen registros oficiales. Al contrastar las anomalías de 2023 con las proyecciones para el próximo mes de julio, se anticipa que el planeta podría enfrentar una nueva escalada térmica significativa.
Proyecciones para el periodo 2026-2028
Los modelos climáticos vigentes indican que las temperaturas mundiales a comienzos de 2026 serán superiores a las registradas en 2023, posicionando al trienio 2026-2028 como una etapa de probables récords históricos. Kevin Trenberth, investigador del Centro Nacional de Investigación Atmosférica, detalla que “el calor sale del océano durante El Niño y contribuye al calentamiento global”. Una porción considerable de esta energía proviene de la denominada Piscina Cálida del Pacífico Occidental, que en el año 2025 alcanzó niveles máximos. De hecho, ese año fue el noveno periodo consecutivo en registrar cifras récord en el contenido térmico de los océanos.
De acuerdo con el análisis de Trenberth, tras la culminación de un evento de El Niño, las temperaturas de la Tierra suelen alcanzar su punto más alto unos tres meses después, lo que señala al 2027 como un año crítico para la observación de nuevas marcas meteorológicas. El meteorólogo del Departamento de Defensa, Eric Webb, explica esta progresión como una “escalera” ascendente. Debido a la creciente densidad de gases de efecto invernadero, el clima global no logra disipar el calor de un gran evento de El Niño antes de que se inicie el siguiente, lo que eleva la línea de base de la temperatura terrestre.
“Debido a la creciente concentración de gases de efecto invernadero, el sistema climático no puede agotar eficazmente el calor liberado en un gran fenómeno de El Niño antes de que llegue el siguiente El Niño y empuje la línea de base hacia arriba nuevamente.”

En el contexto de Estados Unidos, el fenómeno de El Niño provoca consecuencias tangibles en el clima y en la actividad de fenómenos extremos como tornados y huracanes. El calentamiento ecuatorial modifica la intensidad y ubicación de las corrientes en chorro, que rigen las tormentas y lluvias. Estas conexiones climáticas a larga distancia, llamadas teleconexiones, podrían favorecer una temporada de huracanes menos activa en la cuenca del Atlántico, según indica el meteorólogo Andy Hazelton. Webb coincide en que se podría esperar una temporada de menor actividad general, aunque subraya la importancia de la prevención.
“En este momento, cuando es más probable que el océano y la atmósfera hagan la transición a El Niño, me inclinaría por una temporada de (huracanes) menos activa en el Atlántico”
No obstante, este efecto de reducción puede verse anulado si las temperaturas en el Atlántico se mantienen muy por encima de lo normal, como ocurrió en 2025, cuando tres huracanes llegaron a la categoría 5 debido a un calor oceánico casi récord. El Niño también influye en la temporada de tiempo severo: en un año promedio, se contabilizan cerca de 1.200 tornados en territorio estadounidense. Bajo la influencia de El Niño, la frecuencia de estos fenómenos suele bajar en las llanuras centrales, pero tiende a subir en el sur profundo debido a las alteraciones atmosféricas.

Adicionalmente, los años en los que se inicia El Niño suelen mostrar una mayor actividad de tormentas durante junio en las llanuras del norte y centro de la nación. La transición entre los fenómenos de La Niña y El Niño durante la primavera dificulta las predicciones, ya que ambas fases pueden ejercer influencias contradictorias sobre el clima severo.
El mecanismo detrás del fenómeno
El disparador de El Niño son las ráfagas de viento del oeste, que consisten en corrientes tropicales cálidas que soplan cerca de Nueva Caledonia, las Islas Salomón y Papúa Nueva Guinea. Aunque lo habitual en el Pacífico tropical son los vientos alisios que soplan de este a oeste, en ocasiones estos se debilitan y cambian de sentido, alcanzando velocidades de hasta 24 km/h durante varias semanas. Este proceso es el que moviliza el agua caliente desde la Piscina Cálida hacia el sector oriental del océano.
Este desplazamiento origina pulsos oceánicos profundos denominados ondas de Kelvin, que transportan energía térmica bajo la superficie hacia el Pacífico oriental. Un episodio registrado en diciembre generó una de estas ondas, y las ráfagas de enero reforzaron el patrón de traslado de calor. Las ondas Kelvin requieren entre dos y tres meses para cruzar el océano Pacífico por completo. Según las proyecciones, las masas de agua cálida alcanzarán las costas de Ecuador y Perú entre los meses de febrero y marzo, generando impactos meteorológicos que se irán intensificando de forma progresiva en todo el globo.
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