Durante la temporada de verano, el consumo de platos elaborados con pescados y frutos de mar se incrementa notablemente. Para estas ocasiones, la elección del vino debe priorizar, ante todo, la capacidad de ser refrescante. Al planificar un maridaje exitoso, es fundamental considerar el lugar, el tipo de comida, la compañía y, de manera crucial, la temperatura de servicio; las etiquetas deben servirse frías, por lo que los blancos y rosados se posicionan como las opciones más recomendadas.
La elección puede variar entre ejemplares jóvenes y chispeantes o aquellos que son más elegantes y equilibrados, dependiendo de la formalidad del encuentro. Es habitual que las botellas se presenten en la mesa a temperaturas muy bajas, conservadas en fraperas con agua y hielo. Aunque esto puede hacer que el vino se sienta extremadamente frío al contacto inicial con la boca, el líquido se atempera rápidamente. Por ello, se sugiere servir cantidades moderadas, probar el vino y aguardar un breve lapso para percibir toda su complejidad.
Los varietales con una acidez natural más marcada suelen ser los más vibrantes. Destacan el Sauvignon Blanc, el Chardonnay y el Riesling en la categoría de blancos, mientras que el Pinot Noir sobresale en los rosados. Estos vinos ganan frescura cuando provienen de regiones con influencia oceánica, ya que suelen presentar menor graduación de alcohol y texturas más crujientes o «crispy». Esta característica es esencial para limpiar el paladar tras degustar los sabores intensos del mar. Asimismo, los vinos naranjos (blancos vinificados con sus hollejos) ofrecen una tensión interesante gracias a su acidez y texturas particulares.

En la actualidad, las características de los blancos han evolucionado, y el estilo del vino responde más a la interpretación de un terruño que a la cepa misma. Por esta razón, existen exponentes de Torrontés, Semillón, Moscatel, Tocai Friulano y Viognier que logran ser refrescantes pero con un cuerpo untuoso, ideales para la mesa gastronómica.
Para quienes disfrutan de la costa, el maridaje regional con vinos de influencia oceánica es una opción que supera la simple armonía por contraste o complemento. Esta unión cultural entre la gastronomía local y la bebida moviliza la memoria emotiva y sensorial de los comensales. Con el paso del tiempo, estas combinaciones se transforman en parte de la historia y el paisaje de la región, siendo adoptadas tanto por residentes como por turistas.
A diferencia de las zonas de montaña como Mendoza, San Juan y Salta, la Costa Atlántica posee un régimen pluvial intenso, con clima frío y húmedo. La proximidad del mar regula las temperaturas y las brisas constantes favorecen la sanidad de los viñedos. El ciclo de maduración de la vid es más breve, lo que da como resultado vinos delicados, frescos, con gran volumen y una notable complejidad en sus aromas.
Vinos y platos para la temporada estival

La vieja premisa que vinculaba carnes blancas exclusivamente con vinos blancos ha quedado superada. En la gastronomía contemporánea, la evolución de los vinos permite crear experiencias más sofisticadas y diversas.
Las ensaladas compuestas por vegetales de estación, que pueden incluir pollo o camarones, armonizan perfectamente con blancos jóvenes sin paso por madera. Se puede optar por un Chardonnay si se busca austeridad, o un Sauvignon Blanc o Torrontés para quienes prefieren mayor ímpetu. Si el plato principal es pollo o pescado con guarniciones cremosas como puré, un vino rosado de Malbec, Pinot Noir, Syrah, Merlot, Cabernet Franc o Petit Verdot resultará una alternativa fragante y vivaz.
Los frutos de mar cobran gran relevancia en verano. Estos productos se disfrutan al máximo con vinos blancos de buen cuerpo y perfil sutil, como el Semillón. Este tipo de vino también es excelente para acompañar diversas pescas, ya sea lenguado, pez limón, chernia, corvina, merluza o trucha. Incluso, es posible optar por tintos ligeros como el Pinot Noir, la Criolla o la Garnacha.

En los menús veraniegos predominan ingredientes como el tomate, la albahaca y el pimiento, pero los mariscos y pescados son los protagonistas indiscutibles. Sus texturas suelen ser suaves y tiernas, a veces crocantes. El desafío del maridaje reside en las salsas y los acompañamientos.
Para entradas livianas como ostras frescas con limón, la combinación clásica y efectiva son los vinos espumosos secos, como el Nature o Brut Nature. La interacción de la ostra con las burbujas crea una sensación única en el paladar. Por otro lado, los langostinos, ya sean grillados o con salsas de frutas como el maracuyá, encuentran su mejor aliado en un Sauvignon Blanc cítrico y refrescante.

Aunque platos como las rabas o los calamaretis fritos se asocian frecuentemente con la cerveza, un Chardonnay con buena acidez y cuerpo consistente ofrece una experiencia superior al limpiar el paladar sin dejar amargor. Para opciones más sofisticadas, como un tartare de trucha patagónica, se requiere un vino a la altura, como un rosado elegante y tenso.
En almuerzos donde se sirve una ensalada como plato único (por ejemplo, con salmón, arroz avinagrado y aguacate), se necesitan vinos con personalidad y frescura. Los blend blancos jóvenes y expresivos, con sus notas florales, son ideales para aportar gracia a estas preparaciones.

Durante la noche, con temperaturas más bajas, se pueden elegir platos más complejos como pastas con salsa de frutos de mar. Estas recetas demandan blancos de paladar amplio y trago denso. Asimismo, un risotto de langostinos o azafrán requiere un vino con fuerza pero sin excesivo cuerpo; un Pinot Noir o un Sangiovese de taninos amables son las opciones sugeridas. Finalmente, para una paella de mar o arroz con mariscos, el vino rosado se mantiene como el acompañante tradicional por excelencia.
Es importante recordar que incluso las preparaciones más sencillas pueden transformarse en una experiencia culinaria de alto nivel si se seleccionan con el vino adecuado.
Fuente: Fuente