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El avance de los extremismos: una amenaza a la razón y la democracia

Los individuos que se dejan guiar por el fanatismo operan bajo la rigidez de los extremos, rechazando cualquier matiz o espacio para la duda. En su afán por la confrontación, estos sectores terminan negando hechos concretos y atacando ferozmente a quienes cuestionan su visión limitada del entorno. En una etapa marcada por posiciones intolerantes, la lucidez y el diálogo son a menudo interpretados como actos de traición que merecen ser castigados.

Esta tendencia se manifiesta tanto en los seguidores de la gestión gubernamental previa como en los de la actual administración. Existe una necesidad casi desesperada por dominar por completo el escenario del pensamiento y ver al adversario definitivamente derrotado. Esta conducta, que evoca rasgos del autoritarismo y la brutalidad, se aleja de la razón y constituye la cara opuesta de una democracia genuina.

«…debería existir el partido de los que no están seguros de tener razón, sería el mío…»

Esta célebre frase de Albert Camus resalta que la incertidumbre es una parte vital del pensamiento, algo que los sectarios temen profundamente. Al rechazar la duda, el fanatismo solo intenta enmascarar su propio pavor ante la verdad.

La democracia y el conflicto de visiones económicas

Una sociedad democrática se construye a partir de la interacción entre adversarios. Sin embargo, en la política nacional actual, existen figuras convencidas de que su misión es alimentar una enemistad destructiva. Mientras algunos intentan desacreditar investigaciones de la Justicia cuando los resultados son evidentes, otros abrazan un liberalismo extremo que los lleva a cuestionar incluso el proteccionismo básico. Resulta difícil concebir que existan actores que crean que una nación puede desarrollarse prescindiendo totalmente de la protección de sus propios intereses.

Dentro de los medios de comunicación, especialmente en la televisión, se vuelve cada vez más complejo hallar espacios que no estén dominados por dogmas. Un ejemplo de la desconexión actual es el caso del Ministro de Economía, Toto Caputo, quien ha expresado con orgullo no vestir indumentaria de origen argentino. Esta actitud, descrita por algunos como una muestra de tilinguería, no suele ser cuestionada por los sectores de la prensa que mantienen una postura obsecuente.

Cuando se promueve la destrucción de la industria textil enfocándose exclusivamente en el precio de los productos, se omite una cifra crítica: las decenas de miles de personas que quedarían desempleadas. Al supuesto beneficio del precio bajo habría que añadirle el costo de sostener a quienes pierden su trabajo por esta estrechez mental. El estatismo desmedido puede crear dependencia, pero un liberalismo sin límites convierte a las naciones en colonias. La verdadera política debe pensar en la industria en función de cuántos ciudadanos necesita ocupar e integrar.

Sectarismo y poder estatal

Históricamente, el Peronismo no se definió como una fuerza puramente estatista. El uso del Estado para beneficiar exclusivamente a los adeptos de una causa es una forma de degradar la política y hacer que la sociedad pague el costo del sectarismo de quien ostenta el poder. Por otro lado, considerar al Estado como un enemigo de la sociedad solo sirve a los intereses privados y a la concentración económica, bajo la falsa promesa de un derrame que nunca llega a materializarse.

Frente a este panorama, surge la rebeldía como una virtud necesaria para cuestionar a las facciones del pasado y del presente. Es indispensable buscar un pensamiento que supere los extremos y transforme a los enemigos en adversarios políticos. La libertad de pensamiento es fundamental, pero se ve amenazada cuando periodistas son expulsados por sus críticas o cuando se crean organismos como la Oficina de Respuesta Oficial, cuya finalidad parece ser silenciar al disidente.

El autoritarismo es, en última instancia, una muestra de inseguridad ante las propias decisiones. La caída en las mediciones del INDEC es un ejemplo de cómo un gobierno puede perjudicarse a sí mismo por su incapacidad para aceptar la más mínima disidencia interna o externa. Finalmente, cuando el Presidente degrada a los empresarios productivos más importantes del país, evidencia su vínculo con sectores que priorizan el extractivismo y el enriquecimiento desmedido sobre el bienestar colectivo.

Hace cinco décadas, Martínez de Hoz inició un proceso de desmantelamiento en una Argentina que no tenía deuda externa ni sectores marginados. Bajo la bandera del liberalismo, parece que Javier Milei busca concluir esa labor de destrucción nacional. Ante esto, es vital oponerse al sectarismo para recuperar una política basada en la lucidez y el compromiso con la realidad nacional.

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