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Paul McCartney desata la euforia en el Estadio GNP ante 58 mil fans

“Los niños del 2000 seguirán escuchando a The Beatles”. Esta célebre frase, acreditada a Brian Epstein, cobra un sentido renovado al observar el panorama en el recinto: apenas unas filas atrás, un grupo de jóvenes luce réplicas exactas de los atuendos que Paul McCartney, John Lennon, George Harrison y Ringo Starr inmortalizaron en el disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Delante, la estampa es generacional: un abuelo, sus dos hijos y un pequeño nieto de nueve años. El patriarca conserva ese icónico corte de cabello lacio con flequillo que alguna vez puso en jaque a los peluqueros de Europa y Estados Unidos.

En los minutos previos a que inicie el espectáculo en el Estadio GNP, el ambiente es de pura expectativa. El niño del grupo frota sus manos para combatir el frío mientras busca una mejor visión del escenario. Al conversar con sus familiares, la tía del menor bromea diciendo que su hermano es el responsable de haberle heredado el gusto por las composiciones románticas de Paul, esas que Lennon solía calificar de forma irónica. El padre de familia narra cómo la beatlemanía llegó tarde a Cuernavaca, cuando McCartney ya lideraba la banda The Wings junto a su esposa Linda McCartney. Fue en esa época cuando descubrió el álbum Ram y el tema “Uncle Albert / Admiral Halsey”, una joya que marcó su vida. Hoy, gracias a su obsesión por descifrar las letras del Cuarteto de Liverpool, se dedica a la enseñanza del inglés.

Paul McCartney llevó al público a través de una montaña rusa de emociones en el estadio GNP. ( Ocesa / José Jorge Carreón)

”Está padre estar aquí de nuevo”

Cuando el reloj marca el inicio, el Estadio GNP se convierte en un solo rugido. La silueta del legendario músico británico aparece bajo los focos mientras estallan los primeros acordes de “Can’t Buy Me Love”, seguidos inmediatamente por “Junior’s Farm”. Con una energía envidiable, Paul saluda a la audiencia: “hola, chilangos”, y lanza una promesa que cumplirá con creces: “Esta noche tenemos canciones viejas, canciones nuevas y todas las de en medio”.

El setlist inicial, compuesto por éxitos como “Drive My Car”, “Got to Get You Into My Life” y “Come On to Me”, pone a vibrar a los más de 58,000 asistentes. El momento de “Let Me Roll It” genera una atmósfera eléctrica, reforzada por un despliegue de drones que pintan el cielo nocturno, mientras el público acompaña cada nota con las luces de sus teléfonos, creando un mar de destellos sincronizados con la voz del artista.

La conexión de McCartney con el público es absoluta. Entre la multitud, dos hombres con un estilo bohemio celebran con risas y abrazos mientras suena “My Valentine”, una pieza que el cantante dedica afectuosamente a su esposa, Nancy Shevell, presente en el estadio. La intensidad sube de nivel con la interpretación de “Maybe I’m Amazed”, demostrando la vigencia vocal y emocional del ex-Beatle.

El concierto se transforma en un recorrido histórico a través de temas fundamentales: “Blackbird”, “Lady Madonna”, “Jet” y “Something”, esta última dedicada a su “cuate, George”. La fiesta continúa con “Ob-La-Di, Ob-La-Da”, la reciente “Now and Then”, y clásicos de la talla de “Band on the Run”, “Get Back” y “Let It Be”. El clímax emocional llega con “Live and Let Die” y la masiva “Hey Jude”, donde miles de voces se unen para entonar uno de los himnos más importantes de la música contemporánea.

Tras una breve retirada, el grupo regresa al escenario para un cierre apoteósico. Paul McCartney reaparece portando la bandera de México, mientras sus músicos ondean el estandarte de Gran Bretaña y la bandera LGBT. Ante el grito de “¿Quieren más?”, la banda inicia el encore con “I’ve Got a Feeling” y el tema principal de Sgt. Pepper’s. La adrenalina se dispara con “Helter Skelter”, canción considerada por muchos como la semilla del heavy metal, provocando que los seguidores más jóvenes agiten sus cabelleras al ritmo del potente riff.

Para el acto final, McCartney regresa al piano e interpreta el medley de Abbey Road: “Golden Slumbers”, “Carry That Weight” y “The End”. Los fuegos artificiales sellan una jornada que representa la primera de tres citas programadas en la capital mexicana. A pesar del cansancio y las dificultades para abandonar el recinto, la satisfacción es evidente en los rostros de los fans.

Aunque el músico se despidió con un “hasta la próxima”, la incertidumbre sobre un futuro regreso solo hizo que la entrega de los seguidores capitalinos fuera total. Al final, los asistentes se retiraron con la esencia de uno de sus versos más profundos: “Al final, el amor que recibes es igual al amor que das”.

El público capitalino se entregó a Paul McCartney en el primero de tres shows en la CDMX. (Gentileza DF)

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