Durante la temporada estival de 1948, un suceso sin precedentes asombró a los pobladores de Idaho: desde pequeñas aeronaves, una serie de contenedores de madera descendieron suspendidos por paracaídas sobre la cuenca Chamberlain. En el interior de cada caja, un castor iniciaba un vuelo singular hacia un nuevo territorio. Esta escena, capturada en archivos fílmicos, representó el comienzo de una de las estrategias de conservación ambiental más ingeniosas y atípicas registradas en los Estados Unidos.
Esta maniobra, liderada por el Departamento de Pesca y Caza de Idaho, surgió ante la urgencia de armonizar la presencia de la fauna silvestre con la expansión de los asentamientos humanos. Históricamente, el castor norteamericano (Castor canadensis) ha sido una pieza fundamental en la configuración de los ecosistemas acuáticos de todo el continente.

Antes de que se produjera la colonización europea, se calculaba que la población de estos roedores alcanzaba cientos de millones, distribuyéndose por ríos y humedales desde Alaska hasta México. No obstante, factores como la caza intensiva para el comercio de pieles y la destrucción de sus hábitats provocaron que la especie se redujera drásticamente a solo 100.000 ejemplares a inicios del siglo XX, concentrados mayoritariamente en territorio canadiense.
Conflicto en la posguerra y expansión urbana
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la localidad de McCall, Idaho, experimentó una transformación acelerada como polo turístico, lo que derivó en la construcción de residencias cerca de arroyos y lagos. Rápidamente, los nuevos habitantes manifestaron su inconformidad por la actividad de los castores, quienes talaban vegetación y generaban obstrucciones en los sistemas de riego locales.
A pesar de las solicitudes para exterminar a los animales, las autoridades de conservación prefirieron la reubicación, entendiendo la importancia vital que estos mamíferos tienen para la salud de los ecosistemas regionales.

Los métodos de traslado convencionales, que utilizaban vehículos y caballos, resultaban excesivamente lentos, costosos y estresantes para los animales. Ante esta problemática, Elmo Heter, funcionario del Departamento de Pesca y Caza, ideó una solución disruptiva: fabricar cajas de madera reforzadas con un mecanismo de apertura automática al aterrizar, utilizando paracaídas militares excedentes para depositar a los animales en las áreas más inaccesibles de la cuenca Chamberlain.
Para validar el sistema, se realizaron pruebas con un ejemplar macho bautizado como Geronimo, quien superó múltiples lanzamientos sin sufrir daños. Heter señaló en sus reportes que el animal
“se habituó por completo; tras cada descenso, regresaba a su caja listo para continuar”
.
La ejecución logística fue tan meticulosa como inusual. Los ejemplares eran introducidos en compartimentos dobles que garantizaban ventilación y movilidad, para luego ser lanzados desde los aviones sobre zonas estratégicas de bosques y corrientes de agua.

El biólogo Shawn Szabo indicó que se probaron diversos modelos de cajas hasta alcanzar el diseño óptimo, asegurando que la inmensa mayoría de los castores completó el aterrizaje sin sufrir heridas. Según los registros, solo un individuo pereció debido a un fallo en su contenedor durante el trayecto aéreo. Toda la operación quedó documentada en la cinta educativa titulada “Fur for the Future”, la cual estuvo guardada en archivos durante décadas antes de volver a la luz pública.
Resultados ambientales y restauración del hábitat
La intervención tuvo un efecto ecológico positivo casi inmediato. Gracias a la edificación de diques y estanques, los castores transformaron la hidrología de la cuenca, lo que permitió una mejor retención hídrica, la aparición de nuevos humedales y una purificación natural del agua.

Respecto a este impacto, el biólogo Ben Goldfarb explicó:
“Construyen presas y crean estanques para mejorar su propio entorno, pero en el proceso brindan servicios ecológicos: almacenan agua, ayudan a mitigar la sequía, filtran contaminantes y restauran arroyos degradados”
. La revitalización de estos entornos favoreció el desarrollo de otras especies, tales como el urogallo (Tetrao urogallus), la rana moteada (Plectrohyla thorectes) y la trucha roja (Oncorhynchus mykiss), validando el estatus del castor como un verdadero ingeniero de la naturaleza.
La hazaña de Idaho superó lo científico para convertirse en parte de la cultura popular. Años más tarde, la investigadora Sharon Clark rescató el metraje original, cuya difusión en plataformas digitales generó una gran fascinación global.

Las imágenes recuperadas motivaron la creación de literatura infantil e incluso influyeron en que un equipo de béisbol de Boise adoptara temporalmente un nombre alusivo. Para muchos residentes locales, el video confirmó historias que se consideraban leyendas urbanas. Clark relató que un anciano se comunicó con ella tras ver el material, expresando su gratitud porque finalmente su familia creía en los relatos que él les había contado sobre castores voladores.
Aunque hoy en día la gestión de vida silvestre ha evolucionado hacia el uso de transporte terrestre con protocolos modernos de bienestar, la historia de los castores paracaidistas permanece como un recordatorio de que la conservación a veces requiere soluciones audaces y una gran capacidad de innovación ante desafíos que parecen insuperables.
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