La comprensión profunda de la vergüenza como factor clínico determinante en la atención de niños y adolescentes cobró relevancia hace más de diez años. Este análisis surge a partir de la obra “Morirse de vergüenza” de Boris Cyrulnik, un texto que permite estructurar la experiencia clínica diaria y reconocer este sentimiento tanto en la propia historia personal como en la de los pacientes jóvenes. En el ámbito de la psicología infantil, los relatos suelen estar cargados de vergüenza y, en casos específicos, su ausencia total también se convierte en un indicador de valor diagnóstico.
Este sentimiento se manifiesta de forma temprana durante la infancia, justamente cuando el individuo empieza a percibirse a través de la perspectiva ajena. Este proceso, fundamental para la construcción de la subjetividad, marca un punto de inflexión: el niño deja de ser únicamente lo que siente para convertirse también en lo que asume que los demás ven en él. «Soy también lo que creo que el otro ve en mí», resume esta transición psicológica.
Dicha emoción genera un deseo instintivo de ocultarse, provocado por un gesto, una palabra o un pensamiento. Situaciones que para un adulto podrían parecer insignificantes, como una broma, una comparación, una corrección en público o un gesto de cansancio, para un menor adquieren la magnitud de una sentencia definitiva.

La anatomía de un sentimiento íntimo
A diferencia del miedo, que funciona como una señal de alerta, o del enojo, que se manifiesta como una explosión, la vergüenza es un afecto profundamente privado. Provoca que el cuerpo se encoja, la voz se debilite y la mirada caiga, mientras el rostro se enrojece en una suerte de confesión silenciosa: “Si, fui yo”.
Dentro del “Manuscrito K”, el padre del psicoanálisis Sigmund Freud ofrece una definición exacta sobre este fenómeno:
“Me hago un reproche por causa de un suceso, temo que otros estén al tanto, por eso me avergüenzo ante otros”.
Es importante notar que el detonante puede ser real o imaginario. El sujeto puede suponer que los demás lo juzgan sin que esto ocurra realmente. Un ejemplo clínico notable es el de un paciente joven, con una estatura cercana a los 2 metros, quien evitaba asistir a eventos sociales por el temor constante a que los presentes pensaran negativamente sobre su altura.

La vergüenza señala un momento crítico donde la intimidad queda desprotegida ante la mirada del otro. En ese instante, el entorno deja de ser un espacio de comunicación para transformarse en un juez que observa. El individuo avergonzado sufre una deshumanización temporal; deja de sentirse una persona para percibirse como un objeto evaluado y reducido. La indignidad surge no por el hecho en sí, sino por quedar atrapado en esa mirada condenatoria.

Desde la perspectiva del psicoanálisis, aquí opera un goce inconsciente que no genera placer, sino una fijación que mantiene al niño o adulto prisionero en una escena de deshonra. Por esta razón, el sentimiento no se disipa con consuelos superficiales, ya que el problema no es la comprensión del evento, sino la incapacidad de despegarse de esa mirada que lo juzga.
Fisiología y memoria del rubor
A nivel biológico, la vergüenza detona circuitos de estrés social similares a los de una amenaza física. El sistema nervioso autónomo sufre una descompensación que deriva en vasodilatación facial y el característico rubor. Esta reacción física del cuerpo es, en esencia, un intento de repliegue para desaparecer del entorno.

Un caso ilustrativo ocurrió en una escuela primaria con una niña de quinto grado. Al observar a su maestra, la señorita Marta, interactuando con trabajadores en el aula, la niña escribió una nota privada a una compañera criticando la actitud de la docente. La maestra interceptó el mensaje y, en lugar de manejarlo privadamente, sometió a la alumna a un extenso regaño público mencionando sus propias tragedias personales, como su lucha contra el cáncer y la muerte de su padre. La niña experimentó una vergüenza devastadora, sintiendo el deseo de hundirse bajo el pupitre.
Al llegar a casa, la menor suplicó un cambio de turno escolar para no enfrentar el papelón. Con los años, el análisis reveló que quien realmente había pasado por una situación bochornosa era la maestra, quien proyectó su propia vergüenza sobre una niña de apenas 10 años.
Este sentimiento no caduca con el tiempo; permanece latente y se reactualiza en nuevos contextos como el entorno laboral o la exposición social. Aunque los escenarios cambien, la estructura de sentirse inadecuado persiste.

Vergüenza social y violencia digital
La premio Nobel de Literatura, Annie Ernaux, explora esto en su obra “La vergüenza”, donde un evento violento a sus doce años destruyó la imagen de su familia. Ernaux demuestra cómo este afecto se extiende al origen social, al lenguaje y a las normas morales durante toda la vida.
En la práctica clínica, esto se traduce en niños que optan por el silencio, adolescentes que usan la agresividad como escudo o personas que se ocultan tras filtros digitales. Actualmente, mostrarse “sin filtro” parece ser una nueva fuente de vergüenza.
Existen diversas raíces para esta emoción: hechos traumáticos como la violencia sexual, el error personal o la desigualdad de poder. Muchas veces, la vergüenza es un producto social vinculado a la pobreza y la discriminación. Hay menores que crecen disculpándose por su existencia, sufriendo por no tener ropa nueva, útiles escolares o por tener que pedir ayuda económica.

Recientemente, se viralizó un video en redes sociales de un niño de unos cuatro años cargando bolsas pesadas en la calle. Ante las preguntas de quien grababa sobre el precio de su mercancía (“a cincuenta la bolsita”) y cómo lo trataba el año 2026, el pequeño rompió en llanto y se cubrió el rostro. Esta escena es una muestra de violencia contemporánea: exponer el dolor infantil para el consumo emocional digital bajo una falsa empatía, lo cual resulta humillante.

La responsabilidad de los adultos
Si bien la vergüenza es una parte inevitable del crecimiento y de la relación con los demás, lo que resulta inaceptable es avergonzar deliberadamente a un menor. Usar la humillación como método correctivo o educativo no enseña responsabilidad; enseña a esconderse y produce daños que pueden durar toda la vida.
El rol del adulto debe ser acompañar este sentimiento. Esto requiere que los padres y educadores trabajen primero con su propia vergüenza en una sociedad que solo valida las emociones positivas.

Sostener a un niño en esos momentos implica ayudarlo a verbalizar lo que siente para que la vergüenza no se convierta en su identidad definitiva. El objetivo es que sea una experiencia transitable y no una marca que clausure su deseo o su palabra. La responsabilidad adulta fundamental es evitar que una situación de fragilidad se transforme en una condena permanente.
Perfil de la especialista:
- Sonia Almada es Licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.
- Posee una Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, así como en violencia de género e intrafamiliar por la UNESCO.
- Especialista en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO).
- Fundadora de la asociación civil Aralma (2003).
- Autora de las obras: “La niña deshilachada”, “Me gusta como soy”, “La niña del campanario” y “Huérfanos atravesados por el femicidio”.
Fuente: Infobae