El paso de los años no solo define las historias personales, sino que también establece las formas en que se gestiona la autoridad a nivel mundial. En el panorama político actual, gran parte de las decisiones que marcan el rumbo de la economía global, la diplomacia y la seguridad están bajo la responsabilidad de dirigentes con trayectorias de varias décadas.
Este fenómeno de liderazgos de avanzada edad no es un hecho aislado; por el contrario, se manifiesta en diversos continentes y sistemas políticos, generando debates sobre el equilibrio necesario entre la estabilidad, la experiencia y la urgencia de renovación en un entorno internacional marcado por la crisis.
Para profundizar en esta realidad, el politólogo Gastón Vargas analiza el concepto de gerontocracia y las tensiones que surgen entre los mandatarios veteranos y las figuras emergentes. Vargas, quien es licenciado en Ciencia Política, docente universitario, escritor y director de Asuntos Públicos en la consultora Foedus, propone una visión comparativa entre los sistemas democráticos y los regímenes autoritarios, evaluando cómo las instituciones facilitan o frenan el recambio generacional.

El concepto moderno de gerontocracia
Al ser consultado sobre la definición actual de gerontocracia desde la ciencia política, Vargas aclara que, aunque tradicionalmente se refería a gobiernos de consejos de ancianos en sociedades tribales, en el siglo XXI se utiliza como una categoría analítica para entender la permanencia de líderes longevos en las principales potencias.
El experto sostiene que el debate actual no es necesariamente una crítica negativa, sino que se centra en determinar si la edad avanzada es un factor que endurece las instituciones o si representa un activo de estabilidad en momentos de alta incertidumbre global.
¿Por qué las potencias eligen líderes veteranos?
Vargas identifica dos dimensiones estructurales que explican esta tendencia. Por un lado, se encuentran las naciones con democracias plenas o imperfectas, situadas mayoritariamente en Occidente y en ciertos países del bloque BRICS. En estos contextos, nombres como Lula da Silva (80) en Brasil, Donald Trump (79) en Estados Unidos, Narendra Modi (75) en India, Cyril Ramaphosa (73) en Sudáfrica o Friedrich Merz (70) en Alemania, son protagonistas.

En estos sistemas, la edad suele interpretarse como un símbolo de confianza y capacidad de navegación frente a crisis internacionales complejas. Según Vargas, se trata de un “voto seguro” para los electores frente a la inestabilidad global.

Por otro lado, en países con democracias de baja intensidad o sistemas autoritarios, como el caso de Vladímir Putin (73) en Rusia o Xi Jinping (72) en China, la permanencia de estos líderes responde a la consolidación de estructuras de poder rígidas, donde cualquier intento de recambio es visto como un riesgo para la estabilidad del régimen vigente.
Estadísticas de la edad en el poder global
Aunque el promedio global de edad en la política se sitúa en los 62 años, Vargas advierte que existen brechas significativas al analizar regiones clave:
- América del Norte: Registra un promedio de 67 años. Estados Unidos es el ejemplo más claro, donde Donald Trump inició su primer periodo con 71 años y asumirá el segundo con 79, mientras que Joe Biden también ejerció con 79 años.
- G7: El promedio se mantiene en 62 años, con figuras como Merz marcando el paso en Europa.
- Europa: Presenta una convivencia de dos realidades. A pesar de tener una población envejecida, sus gobernantes promedian 58 años. Aquí coexisten líderes de larga data como Putin (73) con otros más jóvenes como Emmanuel Macron (48), Giorgia Meloni (48) o Pedro Sánchez (53).
- Sudamérica: Es la región con mayor tendencia a la renovación, con un promedio de 56 años. Aunque Lula da Silva es el más veterano, destacan figuras como Daniel Noboa (38) en Ecuador, José Jerí (39) en Perú o Santiago Peña (47) en Paraguay.


Sistemas institucionales y recambio generacional
Para Vargas, la alternancia en el poder es más fluida en sistemas democráticos que aseguran el sufragio libre. No obstante, esto depende del contexto interno de cada nación y su sistema de partidos. El politólogo utiliza la comparación entre Uruguay y Argentina como ejemplo:
En Uruguay, se privilegian procesos de maduración prolongados y acuerdos entre sectores opuestos. Vargas rescata una cita del expresidente Julio María Sanguinetti sobre su relación con Pepe Mujica:
“Tenemos una política de debate fuerte, pero también nos sentamos con Mujica –unos meses antes de morir– para celebrar los 40 años del retorno de la democracia. Por eso con Mujica, estando circunstancialmente en el Senado, ya no éramos ni enemigos ni adversarios, pasamos a ser colegas amistosos y nos fuimos juntos, para mostrarles a los muchachos justamente eso”.
En contraste, Argentina vivió una ruptura de su sistema bipartidista tras la crisis de 2001, facilitando la llegada de liderazgos más repentinos y externos, como el de Javier Milei (55) con La Libertad Avanza.

Ideología vs. Edad: El fin de un mito
Sobre si la edad condiciona la agenda política, Vargas se muestra escéptico. Asegura que la forma de ejercer el poder está más ligada a la matriz ideológica y al contexto histórico que a los años de quien gobierna. Menciona que el ascenso de figuras jóvenes en América Latina responde a una demanda de cambio, pero la agenda global sigue siendo dictada por los intereses de las potencias.

Finalmente, el experto concluye que no vivimos estrictamente en una gerontocracia, sino en una etapa de transición. Resalta un punto crítico para el análisis político contemporáneo:
“Es vital entender que ser joven ya no es sinónimo de progresismo”.
Esta vieja vinculación entre juventud y revolución, nacida en la posguerra, ya no define necesariamente a las nuevas generaciones de líderes.
Fuente: Infobae