¿La clave para alcanzar más de un siglo de vida? Para Pepita Bernat, una admirable mujer de 106 años oriunda de Barcelona, la respuesta es tan sencilla como contagiosa: bailar.
Esta enérgica centenaria, que irradia una notable positividad, revela que su movimiento constante no requiere de rutinas complicadas ni gimnasios. «No hago gimnasia ni cosas raras. Bailo, que es mover todo el cuerpo, y cuando lo hago no me duele nada«, ha compartido Pepita en diversas ocasiones, demostrando que la alegría y la vitalidad son sus mejores aliadas.
Pepita vive la vida con una alegría desbordante, una energía envidiable y facultades mentales y de memoria completamente preservadas. Su experiencia de vida, que incluye haber transitado por episodios complejos del siglo XX, la ha dotado de una resiliencia admirable. A lo largo de su extensa trayectoria, Pepita ha sido una mujer emprendedora, desempeñándose en diversos oficios, desde la hostelería hasta el comercio y la peluquería, siempre superando los desafíos de épocas marcadas por la escasez y la desigualdad.
La fortaleza de una superviviente
La vida de Pepita Bernat es un testimonio de fortaleza y adaptabilidad. No solo ha navegado por las complejidades de la vida moderna, sino que también ha sido testigo y ha sobrevivido a eventos históricos cruciales, como la Segunda Guerra Mundial y la guerra civil española. Estas vivencias han forjado en ella un carácter de perseverancia y un espíritu indomable.

La historia de Pepita cobró una dimensión viral tras la difusión de un video junto al doctor Manuel de la Peña. En él, compartía abiertamente sus estrategias para mantener una vida activa y «joven». El material se convirtió en un fenómeno en redes sociales, superando el millón y medio de visualizaciones en tan solo tres días. Desde entonces, Pepita se ha erigido como un inspirador ejemplo de envejecimiento activo y saludable.
El movimiento, motor de la longevidad
La noción de mantenerse activo va más allá de las sesiones intensas en el gimnasio. Acciones cotidianas como caminar, levantarse frecuentemente, estirarse o simplemente jugar, son «micro decisiones» diarias que tienen un impacto directo y positivo en nuestra longevidad.
Estos beneficios se explican por diversas razones científicas. La actividad física, por ejemplo, es fundamental para estimular la función de las mitocondrias, las centrales energéticas de nuestras células, cuyo deterioro está directamente ligado al proceso de envejecimiento. El ejercicio regular también juega un papel crucial en la reducción de la inflamación crónica, un factor silencioso pero perjudicial asociado a enfermedades cardiovasculares y neurodegenerativas. Además, mejora la salud metabólica y la sensibilidad a la insulina, disminuyendo el riesgo de padecer diabetes tipo 2.

Pero los beneficios del movimiento no se limitan al cuerpo; el cerebro también se ve enormemente favorecido. El ejercicio físico promueve la generación del factor neurotrófico derivado del cerebro, una proteína esencial para la salud neuronal, el buen estado de ánimo y la preservación de las funciones cognitivas. Mantenerse activo es, por tanto, una estrategia poderosa para la protección cerebral.
Asimismo, la actividad física constante ayuda a preservar la masa muscular, el equilibrio y la movilidad, contrarrestando la sarcopenia, una condición natural del envejecimiento. En definitiva, moverse no solo nos permite vivir más años, sino que asegura que vivamos esos años con una mayor calidad de vida, independencia y plenitud.
Fuente: Infobae