La vorágine de la inteligencia artificial continúa su imparable ascenso, y aunque muchos prevén que su crecimiento estará ligado al capital y la innovación en chips, un desafío aún mayor emerge en el horizonte: la disponibilidad energética y la velocidad con la que podemos expandirla.
La IA generativa ya demuestra su valor al optimizar costos operativos en áreas como la atención al cliente, la tecnología de la información y el marketing. Hemos visto nacer empresas con valoraciones multimillonarias, conformadas por equipos reducidos, gracias a la eficiencia que esta tecnología aporta.
Sin embargo, estos éxitos no logran opacar una realidad ineludible. El verdadero obstáculo para la IA no reside en la falta de inversión, ni en la escasez de usuarios o talento cualificado. El problema central es la insuficiencia de energía y de la infraestructura física necesaria para mantener el ritmo de su vertiginoso avance.
El desajuste entre el crecimiento energético y el de la IA
La potencia de cómputo se incrementa a un ritmo superior al de las mejoras en la eficiencia de los chips. En contraste, las redes eléctricas globales han experimentado un crecimiento considerablemente menor en su capacidad en las últimas décadas, mientras la demanda tecnológica se dispara.

Según recientes estimaciones, en Estados Unidos los centros de datos podrían demandar cerca de 106 gigavatios (GW) de energía para el año 2035. A escala global, la previsión para centros de datos se eleva a 219 GW para 2030.
Sin una expansión estructural que esté a la altura, la construcción de nuevos centros de datos no puede seguir el ritmo que exigen la demanda actual y futura de la inteligencia artificial.
El incremento en el consumo energético impulsado por la IA es monumental. Modelos avanzados como GPT-4 pueden consumir hasta 463.269 megavatios-hora al año, una cantidad de energía superior a la utilizada anualmente por más de 35.000 hogares estadounidenses.
La demanda de electricidad para alimentar los grandes modelos de lenguaje, la infraestructura en la nube y los servicios inteligentes crece exponencialmente en los centros de datos.

Proyecciones de la consultora Rystad Energy indican que el uso global de electricidad por parte de los centros de datos se duplicará para 2030 y podría alcanzar los 1.800 teravatios-hora para 2040, lo suficiente para abastecer a 150 millones de hogares estadounidenses durante un año completo.
Esta situación evidencia que el progreso de la IA ya no se limita a la adquisición de los chips más avanzados. Actualmente, el costo y la disponibilidad de la energía son los factores determinantes para la consolidación y el avance de esta tecnología.
¿Por qué la energía, y no el dinero, definirá el futuro de la IA?
La perspectiva de una «burbuja» en la IA no se relaciona tanto con la especulación financiera tradicional como con los límites físicos y materiales de nuestro planeta. En el pasado, durante la burbuja puntocom, la infraestructura superó la demanda real.
En la actualidad, el escenario es inverso: la demanda tecnológica, potenciada por la inteligencia artificial, excede con creces la capacidad energética e infraestructural global.

El mundo se dirige hacia un futuro donde el avance de la inteligencia artificial se verá frenado por factores materiales. La escasez de energía, chips y centros de datos presenta una barrera insalvable que ni las mayores inversiones podrán superar sin las condiciones materiales adecuadas.
Ante las limitaciones de las redes eléctricas convencionales, gigantes tecnológicos como Meta, Google, Microsoft y Amazon están explorando alternativas, como la contratación de centrales eléctricas propias o la firma de acuerdos para proveerse de energía limpia.
Solo en el primer semestre de 2025, estas compañías comprometieron la contratación de 9,6 GW de energía renovable, cantidad suficiente para abastecer a 7,2 millones de hogares. La tendencia apunta a que, a pesar de desacuerdos políticos y obstáculos regulatorios, el mercado continuará impulsando la demanda de energía limpia debido a las necesidades imperativas del sector.
Fuente: Infobae